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 Sean mago. Capítulo Segundo

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Kamina
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MensajeTema: Sean mago. Capítulo Segundo   Lun Nov 03, 2008 11:32 pm

Capitulo 2º: Arena y ceniza.



-Mira atentamente las arenas -dijo la voz femenina. Era una voz aterciopelada que causaba cierto efecto sedante- mira el inmenso terreno que abarcan, pues bajo el inmenso cielo azul, entre el cielo y la tierra, solo estan las arenas. -hizo una pausa para que su alumno captara sus palabras y prosiguió- Mira como las arenas han estado siempre ahí- la anterior visión de una tierra yerma plagada de una arena brillante y un infinito cielo azul ocupándolo todo en lo alto fue cambiando lentamente. Empezaron a surgir árboles del suelo, y pequeños animales lo plagaron todo. Solo dos cosas permanecían inmutables:
el inmenso cielo azul que permanecía quieto,

y las arenas...

Los animales, al principio pequeños y simples, empezaron a hacerse mayores y más complejos, la flora también parecía aumentar, los árboles no solo crecían en tamaño y sus troncos en grosor, sino que también aumentaban su variedad. Pequeñas plantas crecían y se devoraban unas a otras luchado por tener un espacio, una maravillosa variedad de colores se desplegó a los incrédulos ojos del espectador. Flores de colores y formas que jamás había visto empezaron a crecer y todo quedó plagado de su aroma.
Todo menos dos cosas.
La fauna no se quedó atrás y los animales empezaron a crecer de forma desmesurada. Enormes moles llenaron el panorama, gigantescos animales que hacían temblar la tierra bajo el peso de sus cuatro patas, se alimentaban de las lejanas copas de los árboles gracias a un inmeso cuello, que parecía llegar hasta el mismísimo firmamento, pequeños y raudos volaban otros gracias a sus ágiles patas y parecían mantener el equilibrio gracias a un fina cola. Alguno preferían enzarzarse en duelos entre ellos, haciendo chocar sus cráneos en una pelea para conseguir el favor de la hembra.
Mirara a donde se mirara solo se podía ver lo que parecía una interminable selva plagada de los más exóticos animales.
Los grandes saurios pelearon entre ellos una y otra vez en un ciclo de muerte y renacimiento, y justo allí, entre el todo y la nada, en el espacio que no se puede llenar con la vida,

permanecían las arenas...

De pronto el cielo se oscureció y casi parecía que llovía oscuridad de lo negro que todo se volvió. De la inmensidad del cielo cayó una gigantesca roca, que con su presencia tapó todo el firmamento, y cuando los animales miraron hacía el cielo solo vieron la tierra, y cuando las plantas miraron al sol solo vieron la horrible oscuridad de la muerte.
Cayó del cielo un pedazo del mundo y todo se llevó con el, y el último de los enormes saurios pensó: - "Que cosa tan fútil y vana ha sido mi vida, pues ahora comprendo que aunque no hubiera tomado las decisiones que me han llevado a donde estoy lo mismo habría ocurrido y nada podría haber hecho yo para evitarlo. Pero si esto es así, qué castigo tan cruel es tener que caminar por la tierra cargando con el peso que es la vida, pues ahora que veo el final de todo comprendo que todo es un camino cerrado y que la vida, lejos de ser un círculo que comienza, acaba y renace, es un camino de una sola dirección, y en esa dirección vamos todos los que estamos vivos y en algún punto nos pararemos y dejaremos de vivir. Pero si eso es así, si la vida solo nos depara muerte, ¿porque razón la naturaleza no sigue su ejemplo? ¿Por que se nace y se muere para servir como alimento a otras criaturas? No sería pues más lógico que a medida que las vidas se fueran apagando, se fuera cerrando también este circo que es el mundo? Si este era mi sino, y todas las cosas deben perecer, no entiendo qué ha sido mi vida."
La tierra caída del cielo se lo llevó todo, y grandes vientos agitaron la tierra, todos los grandes árboles desaparecieron y aplastaron a las exuberantes plantas de bonitos colores. Los animes parecieron al unísono y sus cenizas fueron arrastradas por el polvo, y nuevamente hubo tres cosas: el cielo azul en las alturas, la yerma tierra y entre la tierra y el cielo estaba lo que fue, lo que era y lo que será, estaban la eternidad y la nada.

Estaban las arenas.


Sean abrió los ojos. Estaba sentado en la cama de su desordenado cuarto, podía sentir bajo él la cierta suavidad del edredón azul oscuro, podía oler el aroma del tabaco que todavía estaba pegado a su camiseta negra. Delante suyo había una mujer, de pelo rojo como lengua de fuego, tenía la piel pálida y eso acentuaba más todavía el intenso azul de sus ojos, sus carnosos labios sonrieron al ver a su alumno llegar de la visión. Se levantó y se arregló ligeramente su pequeña falda de color rojo oscuro, por debajo de ella unas medias de rejilla negras bajaban por la eternidad que eran sus piernas hasta acabar en sus perfectos pies descalzos, su vaporosa camisa blanca voló a medida que ella se acercaba a el, por debajo de ella unos pegueños senos parecían bailar a cada paso que daba.
Lentamente alzó su mano y como un ángel colocó su dedo indice sobre los labios de el. Llevaba las uñas pintadas de un rojo intenso, como si se hubiera limitado a remojarlas en sangre.

-Sé lo que vas a decir- dijo abriendo el paraiso de sus labios.- pero por ahora guárdatelo. Hablaremos de ello dentro dentro de exactamente siete minutos. Aprovecha para tomarte una taza de realidad y un café.- Acto seguido abrió la puerta y salió al pasillo.

Sean tardó un minuto en recuperarse, inspeccionó toda la habitación y luego se levantó para dirigirse a la cocina y a por ese café que tanto deseaba en esos momentos. Al apoyar firmemente los pies en el suelo para levantarse de la cama escuchó un crujido, por alguna razón ese sonido le recordó a la playa, miró al suelo y lo comprendió.
Estaba lleno de arena.

-Si querias ver de nuevo Parque Jurásico solo tenías que decirlo- dijo Sean al llegar a la cocina.
Allí estaba la mujer de la falda preparando un café. Con una ligera sonrisa señaló el reloj de la cocina, al somnoliento mago no le hizo falta mirarlo para percatarse de que en el momento justo en el que abrió la boca se habían cumplido los siete minutos.
-Vas a despertar al muchacho- dijo ella con la sonrisa todavía dibujada en su magnífico rostro.
Durante unos instantes él se quedó completamente sin habla, solo podía permanecer quieto, observándola fijamente. Realmente aquella noche la veía especialmente sexi, o puede que ella quisiera que el lo viera asi, de cualquier forma Sean tuvo que pensar en dinosaurios para quitarse a la mujer de la cabeza.
-Más te vale alquilarla pronto.- susurró la mujer a la vez que le tendía una humeante taza de oloroso café. -me refiero a la pelicula- puntualizó al ver la cara que puso el mago.
-De todas formas hay mejores formas de pedirlo, no?- dijo al tiempo que miraba la hora.
Eran exactamente las siete y doce de la mañana, dentro de poco tendría que despertar al chaval, el cual, había tenido más suerte que el y había podido dormir algo.
-O es que estas molesta por algo? -dijo el, evidentemente refiriendose a su encuentro con la otra mujer.
-Como podría?- empezó a responder la mujer mirandole fijamente a los ojos- recuerda – dijo saboreando las palabras- que tu alma... me pertenece.
Acto seguido se encaminó a la puerta y su presencia abandonó la cocina dejandolo solo con su taza de café y una pregunta en la cabeza.
"¿Por que demonios pensó eso el dinosaurio?"

Veinte minutos y otra taza de café después Sean se acercó al cuarto del chaval a despertarle, su habitación estaba al fondo del pasillo a la izquierda. Agarró con su mano el pomo de la puerta y lo hizo girar sin preocuparse por el ruido que esta hiciera, acto seguido encendió la luz. Las paredes de la habitación estaban llenas de posters a color, la mayoría eran de grupos de música o de videojuegos, frente a el había uno de tres chicas semidesnudas que portaban, cada una, un par de pistolas, debajo de las muchachas en postura supuestamente molona había un cartel que anunciaba FF X-3.
Sean dio por cumplida su misión de despertar al chico y se marchó a su propio cuarto a cambiarse de ropa para ir al trabajo.

-¿Cuando me vas a contar lo que pasó anoche?- preguntó la mujer de la falda en cuanto Sean entró en la habitación.
-¿Estas segura de que quieres saberlo?- preguntó el mientras se quitaba la camiseta y buscaba otra que, o estuviera más limpia o que por lo menos oliera menos a tabaco y café.
-Es algo serio, se te ve en la cara, además, si estas preocupado por cosas terrenales no podrás atender bien a tu búsqueda y es ahí donde tus problemas chocan con mis clases.
-Ayer me encontré con Peter.
La mujer miró con más atención a Sean. Ahora tuvo la certeza de que fuera lo que fuera debía de ser importante, no sabía mucho de ese hombre, pero sabía lo suficiente como para comprender que era un pájaro de mal agüero, cada vez que aparecía traía malas noticias.
-¿No me digas? Y como esta el hombre que nunca ha estado?- preguntó intentando quitar hierro al asunto.
-Mal, supongo. Vino a decirme que Sarah ha muerto.

Se quedaron sin decir nada durante un rato. Sarah también había sido una gran amiga suya, era una mujer guapa, rubia como tantas otras, más bien bajita, medía cerca del uno con sesenta. Aunque tenía poca vida social siempre había sido una persona con gran corazón, del tipo dura al principio, pero en cuanto aprendía a confiar en ti, lo estricatamente necesario en la sociedad despertada, rápidamente le llegabas a coger cariño por lo simpática y abierta que era. Hay que reconocer que era una mujer que no siempre tenía una palabra de aliento o te soltaba el típico discursillo de serie de sobremesa, pero desde luego, siempre había estado ahí cuando se la había necesitado, y eso, al fin y al cabo, era lo que contaba.
Incluso teniendo en cuenta lo anterior Sean le pareció muy afectado. Sabía que había algo que se le escapaba.
-Y que vas a hacer? -preguntó ella al cabo de un rato.
El profesor ya se había cambiado los pantalones. Se había desecho de sus vaqueros oscuros para ponerse unos pantalones lisos de color caqui y ahora se ataba los cordones de sus zapatos.
-Por ahora iré a clase. Luego... - dejó en suspenso la frase mientras abria la puerta de la habitación -ya veremos.

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Última edición por Kamina el Mar Nov 04, 2008 5:59 am, editado 2 veces
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MensajeTema: Re: Sean mago. Capítulo Segundo   Lun Nov 03, 2008 11:33 pm

Tom le estaba esperando en la cocina. Desayunaron unas tostadas acompañadas, uno de café y el otro de un bol de cereales. Cereales con forma de dinosaurio. No se cruzaron palabras, los últimos acontecimientos unidos a la falta de sueño los tenía sumidos a los dos en un mar de ensimismamiento.
-Venga chicos, animaros un poco y en marcha que llegais tarde.- dijo la mujer mostrando una amable sonrisa- no os preocupeis por esto, ahora recojo yo la cocina.
Cuando la puerta se cerró detrás suya, Tom no pudo contenerse más y preguntó:
-Puede que no sea muy correcto, pero... ¿que es ella? Quiero decir, la siento como a una enorme y vasta cantidad de magia estanca. Sé que no es un espectro ni nada así, pero tampoco esta realmente viva, ¿verdad?
Al notar el silencio inmutable de su maestro decidió probar de nuevo a ver si había suerte. Quizás cambiando el anzuelo...
-Es muy simpática y sino fuera por ella seguro que nos habriamos perdido en un mar de porquería, además noto que tiene mucha más magia que cualquiera de los magos a los que me has presentado, de hecho, tiene incluso más que tu. Aún así ella... -No pudo terminar la frase porque su maestro le cortó diciendole:
-Algún día te contaré una historia, pero todavía tienes que aprender más. Por ahora te bastará saber que ella es, al igual que todos nosotros, arena y cenizas.- y al decir esto se sintió el último dinosaurio en la faz de la tierra.

Aquella mañana hacía un frío del demonio asi que caminaron rápido, devorando las dos manzanas que los separaban del instituto y de la calefacción central. Antes de llegar ya se podían escuchar los gritos de los alumnos que empezan a reunirse.
El instituto era un viejo edificio, antiguamente había servido como cementerio, más tarde se cambió a iglesia cristiana y más tarde debido a la falta de caridad de los creyentes de la zona, o a la falta de fe en sus bolsillos, la iglesia se convirtió en el instituto.
Se llevaron a cabo grandes reformas, pero todavía se podían apreciar pequeños detalles. Las pinturas que se habían llevado a cabo en algunas de las paredes, sobre todo las de la sacristía todavía permanecían, de hecho, la sacristía permanecia casi igual ya que se había habilitado como sala de profesores. La planta de la iglesia se había dividido y se habían formado cuatro clases con el espacio que se había conseguido. Justo al lado de la antigua iglesia se construyó otro edificio que daría hogar a la cafetería y a más aulas y el terreno que había detrás de la iglesia se utlizó para hacer un campo de futbol, una pista de atletismo, y una cancha de baloncesto, misteriosamente para cuando las construcciones se iban terminando había desaparecido el dinero para la piscina.
Sean accedió al instituto por su puerta principal, la cual había sido la entrada a la iglesia y de la que no se había tocado un pelo. Se encaminó hacia la sala de profesores bajo la luz artificial que emanaba de los tubos blancos sobre su cabeza y allí disfrutó de otro café más. Dentro estaba la señotira Stella, profesora de Matemáticas de octavo grado, tenía una larga melena rubia y los ojos azules, era joven para ser maestra ya que solo tenía veinticinco años y algo en su sonrisa le hacía pensar que buscaba algo con el, pero afortunadamente tenía demasiada vergüenza para decir nada. También estaba allí el profesor de biología Mr. Greenfield, un hombre barrigudo y de aspecto campechano, siempre tenía algún partido, del deporte que fuera, que comentar. Se cruzó saludos con ellos mientras se hacía con uno de los ejemplares de la gaceta del Saint Michel, periódico del instituto, y un rato después se encaminó hacia su primera clase del día.
Lo cierto es que tenía tantas cosas en la cabeza que decidió poner a los nenes a hacer resumenes y ejercicios estúpidos del libro. Él tenía que poner en orden su cabeza y pensar en todo lo que tenía que hacer. Lo primero de todo sería conseguir periódicos.
La primera hora trancurrió sin problemas. Después tenía una hora sin clase, sintió la tentación de ir corriendo a cualquier quiosco y comprar algún que otro periódico, pero se encontró a Mr. Smithson, el director del colegio. El señor Smithson era un tipo delgaducho y de talle estrecho, veía el mundo a través de unas bastante antiquadas gafas, a pesar de todo eso era un tipo listo, a la edad de veintisiete años ya era el director del instituto, y por los pasillos se oía hablar de su prometedora carrera, en lo referente a mentalidad era también bastante estrecho de miras y Sean decidió que pese a todo no sería una gran idea ausentarse del colegio para ir a por periódicos, ya que, aparte de la pesada conversación que le estaba dando el director sobre evaluaciones y técnicas de estudio, hace tiempo se decidió que los profesores que no tuvieran una clase en curso estarían como refuerzo, por si a algún que otro profesor se le iba de manos la clase.
Básicamente tenían que hacer de niñeras de los nuevos.
-Como le iba diciendo -siguió hablando el profesor Smithson mientras Sean asentía como un autómata.- se trataría de hacer que el alumno aprendiera la disciplina de una forma menos agresiva y más participativa. Los profesores tendría que encargarse de que los muchachos adoptaran diversos roles que les hiciera meterse en la piel de otros alumnos, de esa forma ganarían en empatía y en conciencia social. Aparte de que conseguiriamos que hubiera menos disturbios y problemas en clase. En total, el estudio cifraba el descenso de la barbarie escolar en un 17% respecto a la actual y la tasa de atención en clase podría llegar a subir un 7%. Soy consciente de que estas cifras todavía se deben mejorar pero creo que sería un buen comienzo. ¿Usted que opina?
El mago se dio cuenta de que el director estaba esperando una respuesta suya. Lo cierto es que no había escuchado nada de lo que éste le había dicho y ahora se sentía como los chavales de su clase a los que les pregunta cuantas eran las naves de Colón y se le quedaban mirando con cara de póker.
-Lo cierto es que creo- empezó titubeante- que sería interesante... - el patético discurso de Sean se vio interrumpido por una tercera persona. Una voz femenina acudió al rescate.
-Pero todavía es demasiado pronto para arriesgarse a instaurar algo así en un centro como este. Yo de usted señor director me esperaría por lo menos medio año lectivo más, y a ver como van el resto de pruebas.- sentenció Stella.
Había llegado como por intervención divina pensó Sean quien no tardó en recuperar el hilo de la conversación.
-Sin duda su consejo parece muy acertado señorita Stella- respondió el director pensativo- lo tendré en cuenta, muchas gracias a los dos- dijo mientras se alejaba de la sala de profesores.
-Me has salvado el culo, gracias.- dijo el profesor de historia todavía mirando a la joven maestra con algo que podría traducirse como agradecimiento.
-De nada -respondió amable- a mi también me ha piyado alguna vez con la guardia baja. Pero en ti no es normal, estas bien? Se te ve bastante cansado.
-ah, si. No he pasado buena noche, estoy medio resfriado.- dijo improvisando.- Bueno, disculpa. Tengas cosas que hacer.
-Si, claro. Además yo tengo que volver a clase. Luego nos vemos. Y tómate un vaso de leche caliente.

Lo más triste de todo es que la pobre chica había dado en el clavo. No era normal que estuviera así, estaba demasiado pensativo y ensimismado y eso le restaba eficacia. Decidió hacer unos cuantos ajustes al conjuro que tenía sobre sus gafas y sobre todo estar más alerta.
Se sentó en uno de los terriblemente incómodos sofás de tapiceria verde de la sala de profesores. Respiró profundamente y empezó con un sencillo truco que le había enseñado precisamente Sarah, aquel hechizo fue una de las muchas cosas que ella le enseñó, se trataba de calmar y despejar la mente a través de una repetición de actos. Sean cerró los ojos y empezó a mover los dedos haciendo como si tecleara algo en un teclado invisible. Se mantuvo en ese estado durante unos cinco minutos, se sentía algo más centrado, era como si de nuevo tuviera dos mentes, o como si pudiera manejar independientemente las dos partes de su cerebro haciendo que cada una trabajara de forma independiente y autónoma de la otra, "joder, soy como uno de esos nuevos ordenadores con dos microprocesadores" pensó Sean. Ahora era el turno de sus gafas, se dirigió a uno de los cuartos de baño del instituto, se metió en uno de ellos y echó el pestillo. De uno de sus bolsillos del pantalón extrajo una bolsa de plástico tranparente, en ella había reluciente arena. Extrajo un pellizco de arena de la bolsa y la echó por encima de las gafas, acto seguido se las puso.
-Oh, mierda- dijo mientras salió corriendo a una de las aulas. Tenía solo treinta segundos.
Cuando llegó abrió sonoramente la puerta.
Un profesor de cuyo nombre no se acordaba estaba intentando que los niños dejaran de gritar, en una de las esquinas había un grupo tres chavales rodeando a un cuarto.
Sabiendo que solo le quedaban uno segundos golpeó con todas sus fuerzas la puerta de madera, astillandola en el proceso.
El impacto resonó por toda la clase. Nadie se atrevió a hacer ni un ruido más.
-¿Que pasa aquí?- dijo sabiendo que lo que realmente le preocupaba estaba en una esquina.- Espero que aprendais a portaros mejor con vuestro nuevo profesor- no intentó decir su nombre por que sabía de sobra que no le saldría a la primera y solo conseguiría restarle autoridad a éste.- Vosotros cuatro- dijo señalando a los que estaban en la esquina.- venid conmigo. Ahora.
La clase pareció volver a la normalidad mientras los cuatro chavales desaparecían por la puerta del aula. Entre ellos estaba Tom.
Sean despachó rápidamente a los otros tres, al fin y al cabo sabía lo que había pasado y no quería perder tiempo con ellos. Quería hablar muy seriamente con el muchacho.
-¿Que demonios pasaba ahí dentro?- prenguntó muy seriamente mientras se llevaba al chaval a algún sitio donde pudieran hablar en privado.
-Nada.
-¿Y que estabas apunto de hacer?
El chico optó por el silencio como respuesta.
-La magia no es para eso.- le dijo susurrando al oido.- Ya hablaremos más tarde.
El muchacho se mantuvo firme en el sitio, le miró fijamente a los ojos y se planteó seriamente el decir algo, pero debió desechar la idea rápidamente puesto que se dió media vuelta y se dirigió a su aula.
Sean se dirigió cansinamente hacia la sala de profesores.
Aunque pareciera mentira su día acababa de empeorar.

El resto de su jornada laboral pasó sin mayores problemas, tenía bastantes cosas en la cabeza, pero aún así pudo centrarse lo suficiente, en parte gracias al conjuro que se había echado antes. A las dos y media recogió al chaval y se dirigió a casa, se tuvo que disculpar con el resto de profesores por no quedarse un rato charlando con ellos y se dirigió al quiosco más cercano, debió de tener la mayor de las suertes ya que todavía no había cerrado, por lo visto el quiosquero pensaba que era una hora menos, "estas cosas pasan" se dijo a si mismo el quiosquero. Sean compró media docena de periódicos y se dirigió rápidamente hacia casa. Todavía tenía que preparar algo de comer y hablar seriamente con el muchacho.
Cuando llegaron a la casa esta estaba completamente recogida, incluso olía inusualmente bien.

-Ya estamos en casa Susan- dijo Sean al cerrar la puerta.
De una de las habitaciones apareció la mujer de roja cabellera. Esta vez iba vestida con unos jeans cortados justo por debajo del trasero, no llevaba medias asi que sus largas piernas se mostraban en todo su esplendor, en lugar de la camisa blanca ahora llevaba una camiseta roja de tirantes que resaltaba la furia roja que era su pelo. Les dio la bienvenida y ayudó a Sean a preparar algo de comer. Durante el complicado y laborioso proceso de elaboración de unos espaguetis Sean decidió tener esa pequeña charla con su aprendiz.
-Hay muchas cosas de la magia que todavía te quedan por aprender.- Empezó a decir Sean- y la lección más importante es cuando se debe, y cuando no se debe hacer magia.
-¿No me digas?- dijo el chaval irónico mientras, aburrido, ponía unos platos en la mesa.
El maestro estalló en furia, los recuerdos de su amiga le habían estado abrumando durante todo el día, la responsabilidad de tener que hacer algo se agolpaba en la sien y sentía un fuerte dolor de cabeza. Tener que aguantar las estupideces de un crío era simplemente más de lo que estaba dispuesto a tolerar.

-Claro que te lo digo!-le gritó- Pero déjame decirte algo más- dijo mientras se abalanzaba sobre la mesa y daba un fuerte golpe con las manos en ella- como vuelvas a hacer el estúpido con la magia me aseguraré de que veas el lado feo de las cosas chaval y asi se te quitarán las ganas de hacer el imbécil.
Tom se levantó de la silla y miró fijamente a los ojos de su maestro, quizás pensó decir algo, pero se calló y se marchó.

-Se te ha pasado la pasta.- comentó Susan.
-Mierda.- respondió Sean. Y no se refería precisamente a la comida...

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Última edición por Kamina el Mar Nov 04, 2008 12:40 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Sean mago. Capítulo Segundo   Lun Nov 03, 2008 11:33 pm

Media hora después Sean estaba sentado en uno de los safás del salón. Éste tenía otro sofá más, una mesa grande de madera con cuatro sillas, a cual en peor estado, y un pequeño mueble que sostenía el peso de la antediluviana televisión, que desde hacía tiempo, la única acción que llevaba a cabo era la de acumular polvo.
Amontonados sobre el sofá de tapicería negra estaban los periódicos que Sean iba leyendo a velocidad de vértigo. Después de un rato Sean dio con lo que buscaba, agarró una sudadera para luego y salió de la casa.
El periódico hablaba sobre el asesinato de una mujer en Dowling Street, cerca de la sexta.
Allí vivía Sarah.
Según parece un número indefinido de personas entró en la casa con intención de robar, se debieron encontrar a la chica y hubo un forcejeo, el tema acabó bastante mal para la mujer. Eso es lo que decía el pequeño artículo en la sección de sucesos, ni siquiera había una foto con acompañando el triste informe. No obstante Sean sabía que no podía haber sido así. Los magos tienen dos grandes defectos, el primero es su orgullo desmedido y el segundo es su paranoia sistémica en lo referente a la protección de su casa. No es para menos ya que son perseguidos por la mayor y más peligrosa organización que el mundo haya conocido. De cualquier manera tenía que ir al piso para verlo por si mismo.
Hizo rugir el motor del impala y se dirigió rápidamente hacía la casa de Sarah.
Dowling Street se encontraba en el Bronx, un barrio de mala muerte de Nueva York, la mayoría de las casas tenían avisos en papel amarillo anunciando desahucios o incluso derribos. Mirara por donde mirara veía cuerpos tirados y amontonados intentando darse calor.
Algunos incluso estaban vivos.
Una sirena de policía lejana rompió el silencio reinante mientras Sean aparcaba el coche. Bajó y se dirigió al edificio que tenía justo en frente. Era un edificio antiguo y lleno de suciedad pero todavía parecía conservar parte de su anterior esplendor. Sean pasó por encima de una mujer con poca ropa que había tirada en el suelo de la entrada, ésta parecía buscar una vena en la cual clavar la jeringa que sujetaba con la mano.
Sean subió de dos en dos los peldaños de la antigua escalera de madera hasta llegar al tercer piso. El de Sarah. Se sintió afortunado de recordar el número de puerta de la casa. Ésta estaba tapada con una línea amarilla en la que se podían leer con letras grandes y negras: BARRERA POLICIAL NO CRUZAR.
Sean sabía de lo que se trataba y gracias al conjuro de sus gafas sabía lo que se encontraría, asi que antes de verlo de verdad se echó un conjuro simple que haría que sus ojos vieran, no la puerta que había ahora, sino la que había hacía unos días, antes de que colocaran la cinta.
Quitó las tiras de plástico al abrir la puerta y se concentró en el piso, intentaba sentir el otro lado para saber si había magia aciva, no se concentró demasiado, estaba demasiado ansioso por ver lo que había al otro lado. Cuando entró vió que la aparentemente débil puerta estaba blindada, seguramente en el interior de la puerta, entre capa y capa de acero habría primium, un metal nuevo y completamente irrompible inventado hace tiempo por la tecnocracia. Ni un elefante habría conseguido echar abajo esa puerta.

El piso estaba completamente sumido en el caos, manchas de sangre bañaban las paredes y el suelo. El mago ya había estado allí en otras ocasiones y sabía que la chica que había vivido allí, hasta que le privaron de la vida, no era especialmente ordenada, de hecho para cualquiera que no fuera ella, encontrar algo en aquel desorden era tarea de archimagos, pero aquello era el colmo. Todas las estaterías, cajones y armarios estaban vacíos, y su contenido desparramado por el suelo de toda la casa. Quitando el desorden y las manchas de sangre, lo demás parecía estar bien, las ventanas no estaban rotas y no parecían forzadas, lo mismo de las paredes y , naturalmente, de la puerta. Lo que más extrañó a Sean fue la pulcritud del apartamento, normalmente los magos tienen preparados todo tipo de trampas que hacen explotar bolas de fuego, o hacen surgir rayos desde las tuberías o incluso que niegan la existencia. En ese feo y lejano apartamento de Dowling street no parecía que hubiera habido una lucha contra una despertada, no había quemaduras en las paredes, ni agujeros o boquetes en el suelo ni el techo.
Sean siguió buscando por toda la casa, necesitaba algo de los tipos que habían estado allí, cualquier cosa serviría pero no encontraba nada. Un grito desde el pasillo llamó su atención.

-!Policia!. Salga con las manos en alto.-Era una voz masculina y autoritaria.

Sean siguió trabajando frenéticamente, sabía que el policía entraría en unos veinte segundos y también sabía que llevaba el arma desenfundada, estaba pensando en salir de allí cuando le pareció ver algo detrás de unos libros. Se acercó y apartó los gruesos manuales intentando no hacer mucho ruido. En aquel rincón perdido del apartamento, escondido entre un mar de libros y objetos deperdigados había sangre, era muy oscura y de un color que se acercaba más al marrón que al rojo vivo, entre la sangre había un dedo, por el tamaño parecía de un hombre. Con la sonrisa dibujada en el rostro Sean quitó esa parte del horrible empapelado y cogió el dedo cercenado. Tenía quince segundos para que al guardia llegara a donde el estaba, guiado por el ruido que había escuchado. El mago podía salir tranquilamente de allí de muchas formas posibles, pero para las mejores necesitaba hascer magia. Al final se decantó por la opción que menos riesgo entrañaba y el mago se fue moviendo y esquivando al policia gracias a sus gafas y a la magia que había en ellas.
Sabía que todo había sido demasiado perfecto, demasiada casualidad que justo cuando él salia de una habitación fuera cuando entraba en ella el policía, y que la realidad no le dejaría así como así. Cuando se montó en el coche un terrible dolor de cabeza le sobrevino, casi parecia como si intentaran abrirle la cabeza con un martillo pilón, durante unos segundos se quedó muriéndose de dolor en el asiento del impala del 69, pero al ver el coche de policia decidió ponerse en marcha.

Necesitaba llegar a casa cuanto antes. Solo allí podía hacer lo que debía hacerse.

El motor se puso en funcionamiento, afortunadamente para el mago, eran la cuatro y media de la tarde y no había mucha gente en la carretera asi que solo necesitó algo más de treinta minutos para devorar los kilómetros que separaban Dowling street de la casa y capilla de Sean. Una vez allí subió rapidamente, vio que había una mochila azul oscura imitando algún tipo de camuflaje militar tirada en el suelo del pasillo, y supo que el chaval ya había llegado de las clases de refuerzo, o entrenamientos, o lo que demonios tocara hoy.
Sean se metió en su cuarto y cerró la puerta mágicamente. Ahora podía sentir el poder y liberarlo. El resto del mundo funcionaba bajo las reglas del consenso y el cúmulo de creencias de la mayoría de la gente, pero no su capilla. La casa de Sean funcionaba exactamente como el quería que funcionase, y allí la magia imperaba.
Sacó de su bolsillo el trozo de empapelado de pared cubierto de sangre, deshizo el papel y dejó la sangre y el dedo flotando en el espacio de la habitación, y luego...

Llamó a las arenas.

De todas partes de la habitación empezó a sugir la dorada arena, el espacio empezó a alargarse infinitimante y la estancia se agrandó lo suficiente como para convertirse en todo un desierto. Sean se concentró, todavía quedaba más. Gritó con su mente, y ésta llamó con una voz sorda aunque imperiosa. Lentamente en el desierto empezó a germinar una arena roja.
Roja como la sangre. Roja como su pelo.
La arena carmesí se levantó frente a el.
-Te he oido.- dijo una voz que no venía de ningún sitio, sino de todos a la vez.- Yo, soy la voluntad de las arenas que lo han visto todo. Yo soy las arenas del tiempo. ¿Para que me has llamado?
Sean reunió toda su fuerza de voluntad para no achicarse frente a tal enorme cantidad de magia pura, no era la primera vez que llamaba a las arenas del tiempo, pero siempre era espectacular.
-Soy el magi Sean, y mi voluntad te ha traido hasta aquí.- Vientos huracanados soplaban arrastrando las palabras del mago, y desordenando su cabello y sus ropas, una voluntad universal intentó asaltar su mente.
El mago se mantuvo impasible.
-Habla Magi.- dijeron las arenas del tiempo con una voz que era el resultado de la unión de una voz masculina y una femenina, no parecían solaparse o competir entre ellas sino que parecían fusionarse, simplemente a veces el viento tapaba más a una que a la otra.
-Quiero ver el pasado de esto-. Dijo levantando el dedo que había encontrado en el apartamento.
La arena roja cayó sobre la dorada como lo haría una gota de agua sobre un estanque en calma, y al cabo de unos segundos los viento se hicieron más y más fuertes. Todo un vendaval estalló sobre el mago y levantó a su alrededor las arenas, en estas se podían ver imágenes del pasado del miembro hayado en el apartamento. Dejó que las arenas retrocedieran hasta el momento en el que el fulano estaba frente a la puerta de Sarah. En ese momento ordenó a las arenas que le mostraran lo que había pasado desde ese punto. Las arenas del tiempo obedecieron.
Una ventana del pasillo mostraba que era de noche. Frente a la puerta había cuatro tipos, iban vestidos con chupas de cuero, pantalones a cuadros, de los cuales colgaban multitud de cadenas y botas militares. La unica diferencia entre ellos parecía ser su pelo.
Sarah abrió la puerta y los tipos entraron, de pronto los tipos se abalanzaron sobre ella, parecía que la maga estaba intentado convocar algún hechizo, pero nada pasó. Los tipos la golpearon con una fuerza brutal y antinatural, Sarah corrió hacia la mesa del salón y extrajo una nueve milimetros de uno de los cajones, a medida que la lucha se iba extendiendo por la casa, ésta se iba convirtiendo en el escenario que el había visto esa misma tarde. Una de las balas de la maga impactó en la mano de uno de los punkis que la atacaban cercenandole un dedo, que voló hasta quedar entre unos cuantos libros ya tirados por el suelo. Al final los tipos la rodearon y no pararon de golpearla hasta que murió. Después de eso se marcharon por donde habían venido.
-Suficiente- dijo con voz imperiosa el mago mientras desconvocaba las arenas del tiempo.
Un mar de sentimientos bullían en su interior. La ira no era el menor de ellos.
¿Por que había abierto la puerta? ¿Por que lo había hecho? Hay magos y conjuros que pueden cambiar la voluntad de la gente, pero hacerlo a un despertado no es tarea fácil, además, seguro que ella tenía guardas contra ese tipo de ataques. A Sean no le sonaban de nada esos tipos, desde luego no eran parte de la comunidad despertada de Nueva York, y si no eran de los despertados solo había otro tipo de criatura que pudiera cambiar la voluntad de la gente con una mirada, solo hace falta eso, una simple mirada, aunque ésta sea a traves de la mirilla de una puerta de seguridad y con protecciones de primium.
Ahora sabía qué tenía que buscar, solo quedaba el donde.

Llamó a las arenas.

Hora y media después Sean aparcaba en Shera Street, casi a las afueras de la Gran Manzana. Extrajo un gran martillo del maletero y se dirigió al segundo piso de un edificio casi en ruinas, sorteó las desvencijadas escaleras que amenazaban con caerse y cruzó un polvoriento pasillo lleno de trastos y sillas viejas. De una patada rompió la puerta de madera y por fin llegó a su destino.
Allí, en una asquerosa habitación con las ventanas tapiadas, llena de polvo y sangre estaban los que había visto en el remolino de las arenas. Los asesinos de Sarah dormían sobre viejos y mohosos colchones tirados sobre el suelo, en total había cuatro. Sean se dirigió a una de las tres ventanas que había y empezó a golpear salvajemente los ladrillos que la tapaban con su martillo, en cuestión de segundos la luz del sol empezó a devorar los metros que le permitía la ventana, un fuerte olor a carne quemada lo llenó todo cuando la luz del sol mordió la carne de uno de los punkis que yacían dormidos. Inmediatamente el pobre diablo se levantó gritando y se arrojó sobre Sean sacando sus colmillos, el mago esquivó el derechazo que le iba a propinar el vampiro y respondió dandole un fuerte rodillazo justo en la boca del estómago, el vapiro se dobló sobre si mismo a causa del dolor. El mago lo lanzó hacia la luz con un firme puñetazo bien dirigido a la boca del tipo, varios dientes saltaron de la boca del tipo hasta que aterrizó en el suelo.
Un suelo bien iluminado por la luz del sol...
El vampiro se hizo cenizas.
Sus compañeros parecían estar despertandose y mientras lo hacían Sean derrumbó a golpe de martillo otra de las ventanas. Cuando los tuvo medio despiertos lanzó un conjuro para que no pudieran escapar por la puerta.
-Bueno, come-mierdas- dijo apróximandose a la tercera y última ventana de la habitación.- quien quiere ser el primero en hablar?
Los cuatro tipos estaban amontonados en un rincón, el único sitio que la luz del sol no había devorado ya, miraban a Sean con el miedo reflejado en los ojos.
-Pero que coño pasa tio?- dijo uno enseñando los colmillos
-Solo quiero saber porque fuisteis a casa de Sarah- dijo destilando odio el mago.
-No tengo idea de que hablas tio, de verdad- los vampiros parecían confusos y se miraban constantemente entre ellos.
-Sé que dadas las horas que son debeis de estar apoyardados,-dijo el mago recordando que aunque esten conscientes cuando es de día los vampiros permanecen adormilados, y les cuesta procesar cualquier información.- pero quiero saber por qué fuisteis a Dowling street la otra noche.
Las vampiros estaban gastando su poca fuerza de voluntad en permanecer despiertos y en luchar contra el miedo irracional que le tenían a la luz del sol.
Uno de ellos no lo consiguió.
Salió corriendo hacia la puerta en un vano intento de escapar a una muerte segura. Lamentablemente para el, cuando salió por la puerta fue solo para encontrarse entrando de nuevo en la habitación. Con un horrible grito de agonía su cuerpo explotó en ceniza.

-Vaya, ¿alguien quiere probar mejor suerte?- dijo el mago mientras se quitaba de encima la ceniza que se había pegado a su ropa.
-De ver... verdad qu... que no... tengo idea de...- empezó a decir uno de los vampiros.
-Y ahora- dijo Sean agarrando fuertemente el martillo.-a la mierda- dijo reventando la última ventana.

La habitación se llenó de ceniza y de un fuerte olor. Sean recordó las barbacoas que solía hacer con la familia cuando era pequeño.

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