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 El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval

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Viral

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MensajeTema: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:24 am

Hace varias semanas, puede que incluso meses, comencé “DOISSETEP ADVENTURES 2”. El punto de partida era la llegada del jugador, amnésico perdido, a un mundo medieval que, ¡oh casualidad!, necesitaba su inestimable ayuda para librarse del Mal.

El jugador iba escogiendo entre distintas opciones. Lo que parecía un pasatiempo ágil y ameno terminó convirtiéndose en otra cosa… en todo caso, demasiado serie para lo que se había pensado en un principio.

Los jugadores fenecieron por una indigestión de texto. DA2 había muerto, ¡larga vida a DA 3! Sin embargo, la historia (cuyas líneas maestras ya había trazado) seguía rondando por mi cabeza; unas cuantas ideas ansiaban ser plasmadas en un papel.

De hecho, había propuesto continuar la historia en la sección pertinente, pero la falta de tiempo y ánimo me echó para atrás. Sin embargo, la historia seguía “flotando en el aire”… aunque sabía por propia experiencia que no lo haría indefinidamente.

Es como una semilla, enterrada bajo tierra, que no recibe agua: se termina pudriendo. Del mismo modo, si no transcribía las ideas que aún recordaba con la ayuda de bolígrafo y papel (y posteriormente el teclado del portátil), esas ideas terminarían marchitándose y desvaneciéndose, como el polvo arrastrado por el viento.

Así que, venciendo mis reticencias, al fin conseguí reanudar la historia de Adan y Jamal por donde la había dejado. Desde luego, existe una serie de cambios palpables.

El primer cambio es la utilización de la primera persona del singular, en lugar de la segunda. Esta última tenía sentido en el marco de DA2, pero carecía de dicho sentido fuera de dicho marco. Y como ya “estoy” escribiendo la (aún) inacabada “FIREHEART” en tercera persona del singular, decidí innovar aquí en ese aspecto.

Otra diferencia radica en las “comidas de tarro” de Adan, el protagonista, antes de tomar una decisión. Debéis entender que ésa era la mecánica del DA2: de entre varias posibilidades, tenías que elegir aquélla que parecía correcta. A partir del “punto de retorno”, ya no hay “parones” de ese tipo y (espero) la historia avanza con mayor fluidez.

Finalmente, quiero aclarar que escribo esta historia sin otra pretensión que la de pasar un buen rato, desahogarme y, de paso, daros algo que leer para entreteneros un poco. Como dije antes, sólo he trazado algunas “líneas maestras”; así que agradeceré vuestras sugerencias e ideas, e incluso puede que lleve a la práctica algunas de ellas.

Dicho todo esto, espero que tanto los que jugaron a DA2 como los que no lo hicieron comprendan un poco mejor de qué va el asunto y puedan sumergirse con mayor facilidad en “El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval”.

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:25 am

PRIMER ACTO – EL COMIENZO DE TODO

CAPÍTULO I – ATRAPADO (1/3)

Bueno, no sabes cómo te las has apañado, pero de algún modo has debido de caer en un vórtice interdimensional… No recuerdas nada, ni siquiera tu propio nombre. No recuerdas cómo has llegado a donde estás.

¿Y dónde estás?

Parece que has terminado en una celda… ¿Te pasaste con la bebida la noche anterior? Decides echar un vistazo para despejar tus dudas. La celda es como las del oeste, es decir, tres paredes son de piedra y la cuarta (la frontal) está formada por una serie de largos y gruesos barrotes. Es decir, no se trata de la clásica celda con sólo una puerta de recia madera y un ventanuco cubierto por barrotes, tan típica del medievo…

Aunque el guardia sí parece del medievo. Lo tienes justo enfrente… pero no parece haberse percatado de su presencia, así que puedes examinarlo detenidamente sin problemas. Puedes ver, desde tu posición, su perfil derecho. Está sentado en un taburete frente a una mesa (el uno y la otra sí son de recia madera, bastante desgastada) y se distrae dibujando con una pluma, en un emborronado pergamino, lo que parecen figuras eróticas… pero el buen hombre no ha tenido mucho éxito en su empeño de conseguir algún parecido con la realidad.

El carcelero es de tez morena, cabello oscuro y ojos negros. En la cabeza lleva un turbante blanco liado alrededor de un fez rojo. Lleva babuchas rojas, pantalones blancos y una camisola también roja sobre lo que parece ser una cota de malla. En su grueso cinto destaca una gran anilla de hierro de la que cuelgan unas cuantas llaves. Apoyada en la mesa, justo delante de él, reposa una lanza más bien tosca con una punta embotada y oxidada.

Bueno, pensemos en cuáles son tus opciones…

Naturalmente, hay una puerta. Desde tu posición no puedes ver el diseño de la cerradura, pero no debería ser demasiado difícil forzarla. Otra opción podría ser buscar en tu celda algo que pudiera resultarte útil. Finalmente, podrías limitarte a hablar con el guardia y tratar de averiguar qué haces aquí y dónde estás.


***

Decides rebuscar en la celda, por si puedes encontrar algo que te resulte útil. Tus ojos no tardan en topar con una piedra que está tirada en el suelo, al fondo; debe de haberse soltado de una de las paredes. Miras la piedra, y luego al carcelero. Vuelves a mirar la piedra, y luego al carcelero. Miras una vez más la piedra, y luego al carcelero. Entonces una idea, como una chispa, surge en tu cabeza.

Siempre con cautela, te acercas y agarras la pierda con las dos manos, ya que su tamaño y peso son considerables. Te alarmas al oír un murmullo a tus espaldas, pero un rápido vistazo parece indicar que el carcelero simplemente está especialmente complacido con uno de sus dibujos eróticos. Cuando vuelves a acercarte a los barrotes, el hombre está moviendo aprobadoramente la cabeza, con una gran sonrisa en los labios, sin haberse percatado aún de nada.

Es entonces cuando logras meter la piedra por entre los barrotes y se la lanzas como puedes. El hombre percibe algo, gira la cabeza y abre mucho los ojos… justo antes de que la piedra se estampe contra su cara. El carcelero es impulsado hacia atrás y su cráneo emite un sonoro “croc” al golpear la pared de piedra que hay frente a tu celda a poca distancia.

Finalmente, el ahora cadáver cae al suelo y queda sentado, inerte, apoyando parcialmente sus espaldas contra la pared, con la cabeza gacha y el turbante, desecho, colgando sobre su rostro y tapando una cara que, seguramente, no debe ser muy agradable a la vista… o no ahora, por lo menos.

Acabas de matar a un hombre que no te había hecho nada… pero algo en tu interior te dice que, por doloroso que sea, era lo único que podías hacer para salir de allí con vida.

Ahora, la cuestión es hacerse con el manojo de llaves que el muerto lleva al cinto. Te apoyas en la puerta de la celda para alargar el brazo entre los barrotes… y caes de bruces al suelo cuando la puerta se abre sin previo aviso. ¿Cómo se explica esto? ¿Acaso has aparecido de pronto en una celda vacía, y por eso no se habían molestado en cerrarla? Sea como sea, eres libre… de momento.

Miras a tu alrededor, inquieto, pero no parece que haya “moros en la costa”. Como ya sabes, tu celda da a un corto pasillo de piedra, iluminado por un par de antorchas colocadas en sendos soportes de la pared. Hay dos puertas: una a la izquierda, que parece que lleva a adentrarse en la prisión; y otra a la derecha, que parece llevar al exterior (al menos, puede verse cómo pasa algo de luz natural por debajo).

Antes de tomar una decisión, decides equiparte mínimamente. Con algo de reparo (tienes la inquietante sensación de que va a echarse de pronto encima tuya), le quitas las llaves al muerto y las metes en tu propio cinturón. También agarras su tosca lanza; no sabes muy bien cómo utilizarla, pero al menos sientes cierta seguridad al sujetar algo parecido a un arma.

***

Decides ir hacia la izquierda, hacia la puerta que parece llevar a las “profundidades” de la prisión. No puedes evitar pensar en aquellos momentos graciosos, ya sea en una película o en un juego, en el que hay que escoger entre el luminoso y florido camino que lleva a la salvación y el oscuro e inquietante camino que lleva a la perdición. Quieres creer que elegir éste último, por algún motivo, ha sido una buena idea…

Avanzas hacia la puerta, de gruesa madera y voluminosos refuerzos de hierro. Tras algunos intentos fallidos, das con la llave adecuada y logras abrir la cerradura. Tratas de empujar la puerta, pero no sirve de nada… Ah, vale, había que tirar de ella.

Al otro lado se ve una estancia muy similar a aquélla en la que te encuentras. Desde donde estás (en la puerta), ves un muro de piedra a la derecha, barrotes a la izquierda (parece que es otra celda) y una pequeña habitación al fondo que parece vacía.

Avanzas, sosteniendo con fuerza la lanza en tus manos, y echas un vistazo en la celda. No puedes evitar dar un respingo y echarte hacia atrás al descubrir en la penumbra que hay un prisionero dentro. Éste ha reaccionado de la misma manera. Los dos os quedáis mirándoos fijamente, de pie, quietos, sin decir nada.

El prisionero es alto y delgado, de tez morena, ojos oscuros y cabello negro. Tiene perilla (algo descuidada) y va medio vestido con gastados ropajes grises. A primera vista, no parece gran cosa. En sus ojos brilla (por su ausencia) la confianza en “el tipo desconocido que acaba de aparecer ahí con una lanza”. O sea, tú.

***

Decides hablar con el prisionero antes de soltarle. No sabes mucho sobre él y más vale averiguarlo teníendole al otro lado de esos gruesos barrotes.
Dejas la lanza contra la pared y te acercas, despacio, a la celda… pero tampoco demasiado, por si las moscas. No sabes muy bien cómo empezar.
-Qué hay –consigues decir, no precisamente en el colmo de la elocuencia.
El prisionero te sigue mirando fijamente y con desconfianza. ¿En qué estará pensando? No dice ni una palabra. “Tengo que tratar de ponerme en su lugar”, meditas, “seguro que ahora mismo se está preguntando quién coño soy”.
-Verás… No te importa que te tutee, ¿verdad? –silencio por parte de tu interlocutor- Espero que no. Bueno, yo… no sé quién soy. Me he despertado ahí al lado –señalas con el pulgar hacia la otra estancia- y no tengo ni idea de quién soy, ni de dónde vengo, ni dónde estoy…
Haces una pausa, durante la cual el prisionero se limita a decir suavemente:
-¿Y a mí qué me cuentas?
“Algo es algo”, piensas.
-Supongo que tú sí eres de por aquí –continúas-. ¿No podrías decirme dónde estoy?
Tras un breve silencio, el prisionero contesta:
-¿De verdad no sabes dónde estás?
Te parece ver que la curiosidad y el desconcierto empiezan a hacer mella en la desconfianza del prisionero.
-En serio. Nunca he estado aquí antes… Quiero decir, no sólo en este lugar, sino en este… mundo.
Ahora el prisionero parece más inquieto.
-¿Cómo habías dicho que llegaste aquí?
-No llegué aquí, aparecí aquí –contestas, algo irritado-. Y no es que me haya dado un golpe en la cabeza y se me haya olvidado. Verás…
Le explicas que la puerta de tu celda estaba abierta y que el único motivo plausible para ello era que no había nadie ni nada allí dentro…
-Espera, espera… -te interrumpe el prisionero- Si estabas en esa celda, ¿qué ha pasado con Yussuf?
-¿Yussuf?
-El carcelero, coño.
-¡Ah, ése! Me lo he cargado.
Te arrepientes de haberte jactado con tanta rapidez de tu hazaña; resulta pueril. Sin embargo, parece que has logrado… ¿asustar? al prisionero. Éste da un paso hacia atrás, con los ojos entrecerrados.
-Majdi –murmura, con los dientes apretados.
-¿Eh?
-¡Majdi! –grita esta vez, apretando con fuerza los puños.
Ahora te das cuenta de que no es miedo lo que ves en los ojos del prisionero, sino odio. Tienes la seguridad de que, de no estar los barrotes de por medio, el tío se te habría echado encima en ese mismo momento. Ahora tú eres el que está asustado, pero decides ocultarlo fingiendo una indignación que estás lejos de sentir.
-¡Oye, tú! ¡No recuerdo ni siquiera mi nombre, pero sé que no era ése! ¡Así que deja de decir lo de Maj… Maj… lo que sea!
El prisionero empieza a reírse.
-¡Vaya! ¿Esa es tu treta? “¡Oh, mírame, no sé quién soy!” ¡Los cojones! ¡Eres un Majdi! Maldito… ¡Te haría pedazos con mis propias manos si no estuviera encerrado aquí dentro!
-No, ya en serio… -con cierta crueldad, viendo que le molesta, decides chincharle con ese tema- ¿Qué es un Majdi?
El prisionero da un bote y se agarra a los barrotes, clavando en ti una estremecedora mirada. Tienes que usar toda tu fuerza de voluntad para echarte hacia atrás y ocultar lo asustado que estás.
-¡Majdi! –grita una vez más, salpicándote con su saliva- ¡Espíritu infernal, demonio! ¡Segador de almas! ¡Apareces, siembras la muerte…!
El miedo y los nervios te hacen más graciosillo de lo habitual.
-¿”Siembras la muerte”? –comentas- Pensaba que hablábamos de un “segador”.
Al prisionero no le ha caído bien el chiste y trata de agarrarte con las manos, metiendo los brazos por entre los barrotes. Casi puede rozarte, pero tú no te echas hacia atrás; presientes que, si retrocedes un solo paso, te derrumbarás y no podrá seguir fingiendo.
-¡¡Mataste a mi familia!! –vocifera el otro- ¡¡Mi mujer!! ¡¡Mi hijo!! ¡¡Asesinados con magia negra!! ¡¡¡ASESINOOO!!!
La cosa se te está yendo de las manos. Tratas de pensar lo más rápido posible. El prisionero cree que eres un demonio porque has aparecido de pronto y has matado al carcelero. Pero los demonios matan con “magia negra” y en vez de eso tú has utilizado…
-…una piedra –dices en voz alta.
El otro, por un momento, se calla. El silencio resulta todavía más sobrecogedor que sus gritos.
-¿Qué? –pregunta, aturdido.
-Que no maté al carcelero como tú dices, utilicé una piedra –una nueva idea surge en tu cabeza-. Espérate un momento y te lo enseño.
Sales disparado hacia la otra estancia y te acercas al muerto para agarrarle. No es muy agradable, pero tienes que hacerlo para conservar mínimamente una posibilidad de averiguar de boca de “tu fuente” dónde estás. Por cierto, que con los gritos que ha pegado no haya venido nadie… ¿Había un solo carcelero en esa prisión?
-Coño, habría sido más sencillo largarme de aquí directamente –refunfuñas.
Venciendo tus reparos, coges al muerto por detrás, por debajo de las axilas, y lo arrastras hasta donde está el prisionero. Con una mano, agarras la cabeza por los pelos y le muestras el rostro desfigurado al prisionero.
-Si quieres te enseño también la piedra –añades.
El prisionero palidece un poco pero, al mismo tiempo, parece más aliviado. Sigue sujeto a los barrotes, pero el nerviosismo crispado que mostraba antes ha desaparecido.
-No soy un espíritu maligno –sigues, aprovechando su silencio-. Vale, he aparecido de pronto en este sitio, no me acuerdo de nada… Dime, ¿hay algo o alguien más que pueda aparecer así de pronto, aparte de un espíritu maligno? –preguntas, medio en serio medio en broma.
El comentario burlón, sin embargo, consigue hacerle abrir los ojos, sorprendido.
-Entonces… -empieza a murmurar- El Adanti… No… No puede ser…
El prisionero cae de rodillas y sus manos se deslizan por los barrotes hasta tocar el suelo. El hombre no parece estar en sus cabales… Hace un momento quería matarte, ahora parece que se le ha ido definitivamente la pinza. Vuelves a pensar que lo mejor habría sido largarse de ahí directamente.
-¿Qué o quién es el Adanti? -preguntas, irritado- ¿Es… un espíritu “bueno”, o algo así?
“Espíritu esto, espíritu lo otro… Bah.”
-Es más complicado que eso –contesta el prisionero, ensimismado. De pronto, levanta la vista y clava en ti una mirada… ¿anhelante?- ¿De verdad que no recuerdas nada?
Te dan ganas de matarlo ahí y ahora mismo. “Mira que es pesado.”
-No –le espetas secamente, aunque tu tono de voz no parece hacerle volver en sí.
El prisionero, como si estuviera pensando en voz alta, empieza a hablar sin dirigirse a nadie en particular.

***

Éste es el Reino de Najarasejotipó, aunque para abreviar decimos “Naja” a secas. También es conocido como “Reino del Suroeste”, ya que ocupa ese lugar en Keis, el Continente con forme de Equis. Otros cuatro reinos existen en Keis: Nawer, el Reino del Noroeste; Trondheim, el Reino del Noreste; Lalaima, el Reino del Sureste; y el Reino Central, Trelcam.
Hace un año más o menos, Trelcam sometió Nawer y fundó el Imperio. No conforme aún con eso, el Emperador Raymond III anhela convertirse en dueño y señor de todo cuanto existe en Keis.
A día de hoy, el Imperio está atacando y asolando el Reino del Noreste. Trondheim resiste todavía, pero, ¿cuánto tiempo pasará hasta que caiga a los pies de Raymond III? Entretanto, ni nuestro Reino ni Lalaima se deciden a intervenir, en la vana creencia de que sólo tienen que ignorar el problema para que éste desaparezca.
Pero el problema no va a desaparecer. El problema es gordo. Muy gordo. Pues según una antigua profecía, “llegará el día en que el sanguinario Imperio fundado por un Majdi oscurecerá la faz de todo Kies y las puertas del Infierno quedarán abiertas… ¡para siempre!” Mucho me temo que el Emperador Raymond III es el Majdi del que habla la profecía. A este paso, sojuzgará uno por uno a los diversos reinos y, al final, el mundo tal y como lo conocemos se convertirá en un infierno.
Sin embargo, aún hay lugar para la esperanza… Pues según esa misma antigua profecía, “en las horas más oscuras, un Elegido llegará a Kies y dará a la Humanidad una posibilidad de resistir contra el Mal, un Elegido que luchará contra el Majdi, un Elegido también conocido como… ¡el Adanti!” No es mucho, sólo una “posibilidad”… ¡Pero eso significa que tenemos una oportunidad, por pequeña que sea!
Hay quienes se niegan a reconocer la Profecía como cierta. Otros ven que se está cumpliendo pero se desesperan, pues no creen que el Adanti vaya a venir realmente. Algunos estudiosos, especializados en antiguos textos proféticos, señalan que el Adanti aparecerá en medio de ninguna parte, venido de ningún lugar, sin nombre y sin recuerdos, sin lazos que lo aten; pero su llegada será la piedrecita que terminará formando una avalancha… ¡una avalancha que sepultará al Majdi!
Incluso hay quienes afirman que la llegada del Adanti ocasionará “una muerte pétrea”… Realmente, es una cuestión interesante, porque se creía que el Adanti convertiría en piedra a quienes mirara, al igual que ciertas criaturas mitológicas. Pero yo siempre he creído que sería extraño tamaño poder en alguien que sólo era realmente “una posibilidad”. ¡Pues claro! Ahora todo tiene sentido. Debió tratarse de una traducción errónea. No era “muerte pétrea”, sino “muerte por piedra”. ¡Y con una piedra mataste al carcelero! Está claro que una parte de la profecía ha vuelto a cumplirse… ¡Y justo ante mis ojos! Estoy seguro, completamente seguro, de que tú… ¡Tú eres el Adanti!

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:26 am

PRIMER ACTO – EL COMIENZO DE TODO

CAPÍTULO I – ATRAPADO (2/3)

Parece que el prisionero ha terminado su perorata… No, no parece, ha terminado realmente. Ahora te está mirando, casi idolatrándote…
Realmente, todo eso no parece más que una sarta de idioteces. ¿Un continente con forma de equis en el que hay cinco reinos perfectamente distribuidos? Absurdo. Si hasta los nombres son estúpidos… ¿Y un Imperio malvado que quiere conquistarlo todo y destruir el mundo? ¿Qué mente cutre y casposa podría haber alumbrado una trama tan tonta y tan plagada de tópicos? Por no hablar de que tú, naturalmente, eres “El Elegido” para salvar el mundo… ¡Puaj!
Sí, todo lo que el prisionero te ha contado es desquiciante. Pero también lo es el lugar al que has ido a parar. Tal para cuál… Tiene sentido, ¿no? Parece que todos están locos… Todos menos tú. ¿Y si seguirles el juego es el único modo de salir de allí y volver a donde quiera que esté tu hogar?
Decides hacerte tú también el loco, ya que parece ser el único modo de salir del manicomio.
-Vale –dices-. Soy el Adanti. O debo serlo, por lo que tú dices. Pues bien, vamos a salvar el mundo…
Rebuscas entre todas las llaves y encuentras la que abre la celda. Cuando tiras de la puerta (ya no se te olvidará que se abren hacia fuera), el prisionero se aleja de ti arrastrándose por el suelo, asustado. Conciliador, sin llegar a meterte dentro, le tiendes una mano.
-Tú mismo lo dijiste: “una posibilidad”, “una piedrecita”. No puedo hacer esto yo solo. Voy a necesitar tu ayuda. Y mira, me parece que soy tan de carne y hueso como tú, así que no hace falta que te pongas así.
El prisionero parece pensativo.
-Mira… -tratas de controlar tu impaciencia- Vale, estoy destinado a tener una posibilidad de salvar el mundo… Pero, si tengo alguna especie de “gran poder”, lo tengo muy en el fondo… en el fondo del todo. Joder, ni siquiera estoy seguro de saber cómo se utiliza eso –añades, señalando la lanza que dejaste apoyada contra la pared de piedra, gesto con el que consigues que el prisionero te mire incrédulo-. ¿Ves? Voy a necesitar ayuda. Mucha. La tuya, para empezar. Así que déjate de tonterías y sal de ahí. ¿O prefieres quedarte en la celda?
Tras despejar sus dudas, el prisionero se decide (¡por fin!). Se levanta, se acerca y te estrecha la mano con fuerza.
-Cuenta conmigo para lo que haga falta, Adanti. Seré tu más fiel servidor…
-No, no –le cortas, horrorizado-. Mira, no necesito un servidor, necesito un camarada. Así que déjate de formalidades. Y si te cuesta, puedes pensar que “te lo estoy ordenando” y que por tanto tienes que hacerlo.
-Está bien, Adanti…
-¡Y deja de llamarme así, por favor! ¿Te imaginas lo que ocurrirá si, estando en medio de una muchedumbre, se te escapa lo de Adanti? Mejor llámame… Adan, a secas.
-¿Adanasecas?
-No me jodas, tú…
-Vale, vale, me estaba quedando contigo.
-¡Hombre! ¿Ves cómo no era tan difícil? Pues ya está. Por cierto, ¿cómo te llamas?
-Mi nombre –contesta el prisionero, sonriendo- es Jamal.

***

Decides hablar un poco más con Jamal. Es mejor, por así decirlo, arrancar el esparadrapo de un solo tirón, en vez de soportar la intermitente agonía de una perorata más bien absurda. Te conformas con que no se te derritan los sesos.
-Oye, Jamal, hay una cosa que quería preguntarte. ¿Cómo terminaste tú aquí?
Tu compañero saca pecho, orgulloso.
-¡Bueno! –“Allá va otra vez”- Yo soy…
De pronto, su expresión cambia. Mira a su alrededor y luego menea la cabeza, sonriendo, como si se sorprendiera por haber estado a punto de decir una tontería.
-Más bien, ERA… -rectifica- Sí, yo era un lancero del Rey. Oh, perdona… No tienes recuerdos de este mundo. Pues bien, el Rey de Najá es Achmed XVII, hijo de Achmed XVI, que lo fue a su vez de… Bueno, ya te haces una idea. Ser lancero del Rey significa formar parte de la guardia real, un cargo que comporta honor y prestigio.
-¿Y cómo pasaste de un puesto tan notable a un cuchitril como éste? –le interrumpes, sólo para asegurarte de que podrías hacerlo en caso de emergencia (por ejemplo, si se te empezaran a fundir los sesos).
-Todo empezó hace un año –prosigue, frunciendo el ceño-, cuando Trelcan se convirtió en el Imperio y empezó a atacar Trondheim. Los hombres cercanos al Rey Achmed XVII se dividieron en dos partidos: los que estaban a favor de intervenir y los que estaban a favor de no hacer nada en absoluto. Éstos decían que no había motivos para atacar al Imperio, que no nos había hecho nada todavía… ¡Ja! Bien es sabido que el Imperio no se detendrá hasta conquistar todo Keis. Pero los muy cobardes acusaban a los del otro partido de estar obsesionados con aquella vieja profecía de la que te hablé antes…
-Y tú, claro, formabas parte del otro partido, ¿no?
-En efecto. El caso es que yo… Me impliqué mucho. Era… bueno, sigo siéndolo (o eso creo), un ardiente defensor de la intervención. Pero un día… perdí los papeles en presencia del Rey.
-¿Qué pasó exactamente?
-Un advenedizo, Ridotai, me acusó de estar realmente a favor de no intervenir… ¡Dijo que yo era un cobarde, que aparentaba lo contrario de lo que pensaba sólo para no demostrar lo cobarde que yo era! ¡Me llamó perro mentiroso, me dijo que era una deshonra para quienes realmente querían “sólo lo mejor para el Reino”! Fue más de lo que pude soportar: en vez de refutarle con palabras, me abalancé sobre él y poco me faltó para partirle el cuello…
Jamal tiene la vista perdida y se está mordiendo el labio inferior. Está claro que no le resulta muy agradable hablar de todo esto.
-Basta con decir –logra proseguir- que caí en desgracia y ese advenedizo terminó convirtiéndose en el jefe de los lanceros del Rey. A mí, en cambio, me enviaron aquí. De eso hace ya unos cuantos meses, puede que medio año, no estoy seguro… Me enviaron aquí, en medio de ninguna parte, para que me pudriera… ¡Acusado no sólo de cobarde, sino también de traidor! ¡Traidor, yo! ¡Y esa pérfida víbora de Ridotai, susurrando sus ponzoñosas palabras al oído del Rey! ¡Un día de éstos le cogeré y terminaré lo que empecé aquel día! ¡Le separaré la cabeza del resto del cuerpo con mis propias manos, le…!
Ves claramente que a Jamal se le está yendo la pinza otra vez. Sólo falta que te confunda con el tal Ridotai y te deje sin cuello. En su desesperada búsqueda de algo que pueda aplacar a Jamal, tus ojos topan con la lanza que habías dejado apoyada contra la pared.
-Pues menudo lancero estás hecho, ¿eh? –bromeas, tratando de relajar el ambiente, aunque el comentario no parece sentarle muy bien a Jamal- No me mires así, oye… ERAS un lancero porque ahora no tienes lanza, pero… -coges la tuya y se la pones en las manos- ¡Ya está! Ya tienes lanza, así que ya ERES un lancero otra vez.
-Pero… ¡Adan! Yo… -parece realmente sorprendido- ¡Tu arma! La conseguiste tras vencer a tu enemigo en combate…
-Hombre, tanto como eso… -tratas de quitarle hierro al asunto.
-Yo… ¡No puedo aceptarla! –Jamal trata de devolverte la lanza- ¡No me corresponde! Yo…
-No me hagas repetirme, Jamal… -tu tono vagamente amenazador logra acallar a tu parlanchín compañero- Ya te dije que iba a necesitar ayuda. TU ayuda. Yo no sé utilizar una lanza y tú sí. Así que no me jodas, quédate con la puta lanza y salgamos de aquí. ¡Necesito que me dé el aire!
Jamal no te contesta, pero sus ojos brillan de alegría y agradecimiento… Tú te das la vuelta y vas hacia la salida, para que él no vea el desprecio que se refleja en tu cara. ¡Jamal! Parece un perrito que se fuera a echar a llorar. ¿Realmente será capaz de usar una lanza? ¡Más le vale! Si no, su único talento será hablar, y hablar, y seguir hablando… Era mejor cuando él no confiaba en ti y medía cada una de sus palabras. Bueno… Mejor no pensar más en esto.
Encaminas tus pasos hacia la puerta que parece llevar a la salida. La citada puerta es de gruesa madera con voluminosos refuerzos de hierro oxidado. El hueco de la cerradura tiene un tamaño considerable, y sólo hay una llave, entre las que tienes, que pueda encajar ahí. Efectivamente, logras introducir la más voluminosa; la giras y…
Justo cuando vas a abrir la puerta, Jamal (que ha ido detrás de ti) te pone la mano encima del hombro.
-Espera un momento, Adan… Debería haber otro carcelero, montando guardia fuera. Si sales justo ahora, el sol te deslumbrará… Es mejor abrir sólo un poco y esperar hasta que los ojos se acostumbren a la luz.
Aceptas su prudente consejo con una leve inclinación de cabeza. Empujas la puerta un poco, lo suficiente para que el sol rasgue la opresiva penumbra del recinto. Durante unos instantes no ves nada; luego, la cosa mejora bastante. Puedes ver arena, y después… más arena. Parece que estáis en mitad del desierto. Jamal no exageró cuando dijo que, según la profecía, el Adanti aparecería “en medio de ninguna parte”. Querrías preguntarle más cosas sobre este lugar, pero lo primero es encargarse del centinela…
La mención a la inminente confrontación con el enemigo te hace pensar. ¿Vas a ir desarmado al más que probable combate? No sería muy buena idea. Tienes una súbita inspiración: desandas tus pasos, te acercas al lugar donde derribaste al carcelero y coges la piedra (la sangre ya se ha secado, así que no te manchas). Jamal te mira extrañado.
-“Muerte por piedra”, ¿no? –le comentas- Quien sabe, puede que me vuelva a servir.
El sonríe, pero parece distraído por la idea del inminente combate. Ya no está tan parlanchín… ¿La adrenalina le hace recordar los tiempos en que era un guerrero temido y respetado que medía cada una de sus palabras? ¿Matar a alguien le devolverá la confianza en sí mismo? “Más le vale”, gruñes en tu interior.
Los dos salís al exterior y avanzáis con cautela. Vuestras mullidas pisadas sobre la arena emiten un leve susurro. Los calurosos rayos del sol caen sobre vosotros… y es una lástima, pero no hay nubes, ni la más leve brisa. El ambiente es sofocante. ¡Se estaba mejor dentro, encerrado entre los frescos muros de piedra de la pequeña prisión! Porque, ahora que estás fuera, puedes ver que el edificio es bastante tosco y pequeño; las dunas del desierto casi lo han sepultado por completo.
Súbitamente, una irritada voz desgarra la aparente calma.
-¡Eh, vosotros!
Miras a un lado y ves a un airado personaje que viene hacia vuestra posición. Sus vestiduras son idénticas a las del difunto carcelero: babuchas rojas, pantalón blanco, camisola roja y turbante blanco con un fez rojo en el centro. El hombre lleva un sable, algo herrumbroso, en la mano derecha; y os está apuntando con él, amenazadoramente.
-¡A ver qué os habéis creído que es esto! –grita, encolerizado- ¡Esto, señores míos, es una prisión! ¡Y en una prisión, los prisioneros tienen que estar dentro! ¡DENTRO! ¡Así que tú –señala a Jamal- ya te estás volviendo a la celda! ¡Y tú –te señala a ti-, yéndote por donde has venido! Si no lo hacéis… ¡Ateneos a las consecuencias!
Le miras con todo el desprecio de que puedes hacer gala. Le escupirías, si no fuera porque tienes la boca seca.
-Oblíganos –le contestas.

¡SE INICIA EL COMBATE!
¡ADAN y JAMAL vs CARCELERO!

ADAN y JAMAL atacan primero.
ADAN lanza PIEDRA a CARCELERO.
¡CARCELERO queda aturdido!
JAMAL ataca a CARCELERO con LANZA HERRUMBROSA.
¡JAMAL realiza ATAQUE MASACRADOR PARA RECUPERAR LA CONFIANZA EN UNO MISMO!
¡¡¡ZAS!!!
¡CARCELERO ha sido decapitado!

¡VICTORIA!

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:27 am

PRIMER ACTO – EL COMIENZO DE TODO

CAPÍTULO I – ATRAPADO (3/3)

Jamal termina de limpiar los restos de sangre de la lanza en la arena. Ya no se parece en nada al desquiciado prisionero con el que te encontraste al principio. Ahora ves claramente que es un guerrero: la muerte es su oficio. Una vez más en su “salsa”, el lancero del Rey adopta esa actitud de confianza en sí mismo y pocas palabras (o al menos no tantas) que debía tener antes de su arresto. Las agotadoras pláticas sobre el mundo conocido parecen haber llegado a su fin; y tú estás más que dispuesto a correr un tupido velo sobre todo lo anterior, si eso significa que no volverá a ocurrir.
Tienes en tus manos el sable que has arrebatado al nuevo enemigo caído. El arma está algo oxidada y embotada, pero todavía puede cumplir su función… al menos, mejor que una piedra. Agarras la empuñadora y haces unas cuantas fintas en el aire: te sientes cómodo con estas prácticas, como si no fuera la primera vez que utilizas un sable. Después enfundas el arma en la vaina que llevas colgando al cinto (otro despojo del muerto) y te acercas a Jamal, que mira pensativo hacia el horizonte.
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos? –le preguntas- ¿Tienes idea de dónde podemos estar?
-Esta prisión, conocida coloquialmente como “el Agujero”, está en algún lugar (no del todo conocido) del Desierto de Kalamari. No hay forma segura de llegar hasta aquí o volver a la civilización… excepto una.
-¿Cuál?
-Camellos.
-¿Cómo?
-Permíteme que me explique. Habrás observado que en esta prisión sólo hay dos guardias. El sitio es pequeño y cuenta con pocos suministros (esos sacos que había en un habitáculo cerca de mi celda… es todo lo que hay). La única comunicación con el exterior es el relevo: una pareja de guardias montados a camello que traen suministros cada mes. Los recién llegados se quedan y los que estaban aquí se van, montados en esos mismos camellos, que son los únicos que “saben” realmente cuál es el camino a seguir.
-Entonces, ¿la única manera de atravesar el desierto sin perecer en el intento es ir a lomos de esos animales?
-Sí. Ni siquiera los guardias conocen con precisión el camino que hay que seguir. Son los camellos los que les guían, acostumbrados como están a hacer el mismo camino una y otra vez.
-¿Y si los camellos se mueren? ¿No tendrían los guardias ninguna posibilidad?
-Tendrían que morir los cuatro camellos… Porque llevan otros dos, para cargar las provisiones y para que vayan “aprendiéndose” el camino, por si acaso. Aunque, si ocurriera lo que tú dices, los guardias todavía podrían salvarse si son afortunados y encuentran “la salida” por sus propios medios. De todas formas, no sería la primera vez que un relevo desaparece en el desierto… Espero que no ocurra en nuestro caso. Es cierto que, si pasan dos semanas (el tiempo que se tarda en viajar desde aquí hasta la capital, Zurigata) y los guardias relevados no llegan, envían un nuevo relevo… Siempre tienen “camellos de repuesto”, que conocen el camino, por si se da tal eventualidad. Pero aún tardarían otras dos semanas en llegar, lo que significaría que tendríamos que esperar un mes más. Quizás habría suficientes provisiones para nosotros, si las racionásemos, pero yo tengo ganas de salir de aquí lo antes posible.
-Entonces, ¿el relevo debería llegar pronto?
-Si mi estancia en esa celda no me ha desquiciado por completo, y mis cálculos no son erróneos, y todo marcha más o menos según lo previsto… El relevo debería llegar muy pronto. Puede que hoy mismo. Algo me lo dice.
-A ver… Tenemos que enfrentarnos a los dos guardias y quitarles los camellos, sin espantar a esas bestias. Va a ser complicado… Espera, tengo una idea. ¿Y si nos disfrazamos con las ropas de los carceleros?
-Entiendo… Aunque el hombre que decapité… Su uniforme está manchado de sangre.
-Bueno, la camisola es roja… Quizás no se note mucho. Por lo menos, desde lejos.
-Si tenemos suerte, no tardaremos en averiguarlo. ¿Cuál es el plan?
-Espera… ¿Quieres que decida yo?
-Claro. Tú eres el Adanti. Estoy seguro de que tu decisión será la correcta.
Empiezas a darle vueltas a la cabeza… Preferirías no tener que decidir tú, evitar las responsabilidades del posible fracaso; pero tendrás que “mojarte” si quieres mantener la confianza que Jamal tiene en ti. Y más te vale, ahora que has comprobado que es bueno en su oficio.
Un plan empieza a fraguarse en tu mente…

***

-La disposición habitual de los guardias es “uno dentro y otro fuera”, ¿no? –le preguntas a Jamal.
-Sí –contesta él-, aunque el que se queda fuera también pasa unos cuantos ratos dentro: estar patrullando un lugar prácticamente desconocido e inaccesible no debe ser muy grato.
-No me cuesta imaginármelo. Un rato aquí y ya se te ha metido la arena por todas partes… -mientras haces ese comentario, terminas de perfilar tu idea- Creo que deberíamos quedarnos dentro.
-Así que dentro… -Jamal no parece ni a favor ni en contra.
-Sí, Piénsalo bien –explicas-. ¿Qué hay de raro en que los dos guardias estén dentro? Tú mismo has dicho que patrullar en esta zona es absurdo. Y no creo que los recién llegados necesiten que les cojan de la manita; ya se meterán ellos en la prisión por su cuenta. Y entonces…
-No sé si funcionaría –te interrumpe Jamal-. Si no estamos fuera, entonces hay que cerrar la puerta. Ellos llamarán, y estarán no sólo enfadados sino también alerta. Porque la disciplina es la disciplina; si no hay nadie fuera, cumpliendo esas órdenes por absurdas que sean…
-Pues démosles motivos para que estén alerta –le interrumpes esta vez tú a él; la idea que se te ha ocurrido es tan absurda y arriesgada… ¡que podría funcionar!
-¿A qué te refieres? –te pregunta Jamal, con la curiosidad reflejada en su rostro.
-Imagínate la escena: estás cansado, llegas con el relevo… Pero ves que fuera de la prisión no hay nadie y la puerta está entreabierta. Sospechoso, ¿verdad? Luego te metes dentro, pero todo está oscuro… ¡las antorchas se han apagado! Más inquietante todavía. Miras a tu alrededor, pero no hay huellas de gente que haya entrado o salido de la prisión. Enciendes una antorcha, comienzas a explorar el interior… ¡Y ves los cuerpos de los dos carceleros, tendidos en el suelo! Está claro que lo que los ha matado puede seguir dentro. Empiezas a buscar… ¡Y de pronto los muertos se levantan y caen sobre ti!
Jamal te mira con una sonrisa cómplice.
-Y los muertos seríamos nosotros… -empieza a decir.
-…vestidos con las ropas de los carceleros –concluyes tú, con una sonrisa triunfal-. ¿A que es genial?
-Bueno, tanto como genial… -el lancero real, displicente, se pone a mirar a lo lejos.
-Si tienes un plan mejor, soy todo oídos –replicas, irritado.
-Yo contemplaba varios planes, pero no sabía cuál elegir. Tú lo has hecho y has explicado tus motivos; y, cuando oyes algo que estás pensando en boca de otra persona, todo queda mucho más claro. Esa idea es tan buena como cualquier otra. Comporta, claro está, sus riesgos; pero, ¿qué plan no los incluye, por elaborado que sea?
Acordado el plan, y después de ultimar minuciosamente algunos detalles y hacer algunos cambios, decidís ponerlo en práctica antes de que sea demasiado tarde. Entre los dos, vais llevando los cuerpos hasta el habitáculo del fondo y, aunque no sea muy higiénico, los ocultáis como podéis entre los sacos de provisiones. Luego, por turnos, os quitáis vuestras ropas y os disfrazáis de carceleros. La operación te incomoda, pero no es momento de andarse con remilgos. Sin embargo, el peso de la cota de malla, una vez puesta, te resulta agradable, casi familiar. Te encantaría saber más cosas sobre tu pasado…
Después de todo eso, Jamal se va fuera y tú te quedas en la mesa que utilizaba Yussuf. Aprovechas la pluma y la tinta para tratar de escribir algo en un pergamino para distraerte, pero tu mente está en blanco y no puedes concentrarte. A veces Jamal entra y eres tú el que sale. La tensión de la espera hace difícil hablar de temas más o menos intrascendentes; prácticamente guardáis silencio todo el rato. No hay duda: lo peor es la espera.
Naturalmente, habéis aprovechado los ratos muertos para saciar vuestra sed y hambre con las provisiones que había en la despensa: tiras de carne desecada, pescado en salazón, frutos secos, pan, algo de miel… Nada que pueda satisfacer el paladar de un sibarita, pero alimenta y eso es lo que importa. Afortunadamente, la prisión cuenta con un pequeño pozo, por lo que el agua no es un problema. Lástima que no haya alcohol.
Atardece cuando, desde tu posición en la mesa, ves cómo Jamal asoma la cabeza por la puerta de entrada.
-¡Aquí vienen! –exclama, emocionado.
-¡Estupendo! ¿A qué estás esperando? ¡Métete dentro, rápido, antes de que te vean!
Jamal obedece y entorna la puerta, sin llegar a cerrarla. Con cuidado, apagáis todas las antorchas menos una. Para dar un toque de mayor realismo, vuelvas la mesa y desparramas los enseres de escritura por el suelo. A todo esto, el lancero real ya se ha tendido haciéndose el muerto, cerca de la puerta que comunica la sala de la primera celda con la segunda.
-¿Estás ya listo? –le preguntas.
-¡Sí, sí! –responde tu compañero -¡Vamos, date prisa, que nos van a pillar!
-¡Ya voy, ya voy! –le contestas, mientras apagas apresuradamente la última antorcha.
A tientas, tratas de ocupar tu sitio: más o menos el mismo que ocupaba Yussuf tras recibir la pedrada. Te golpeas sin querer contra una pata de la mesa y casi te caes al suelo. Se te escapa una risita histérica.
-¡Sssh! –sisea Jamal, enojado- ¡Ten más cuidado, hombre!
Logras contener a duras penas las carcajadas y por fin consigues sentarte en el suelo, con la espalda pegada a la pared, con la cabeza gacha e inerte. Después, la espera se te hace eterna; pero sabes que va a merecer la pena. ¡Menuda broma le vais a gastar a los guardias! Tu mente da vueltas como un alocado torbellino, pensando en mil y una cosas que nada tienen que ver con esto…
De pronto, oyes con cierta nitidez unas voces al lado de la puerta de entrada.
-…muy raro –termina de decir uno de los guardias-. Nadie fuera, la puerta abierta… ¿Has visto huellas?
-No –responde el otro guardia.
“Claro que no”, piensas. Os llevó su tiempo, a Jamal y a ti, borrarlas por completo.
-Y fíjate –prosigue el segundo guardia-, me parece que no hay luces dentro. ¿Estarán ahí, a oscuras, o…?
-Esto me huele muy mal –replica el primero-. Quédate fuera y vigila. Abre bien los ojos.
-Pero…
-¡Que abras bien los ojos! Yo echaré un vistazo dentro.
Tras escuchar esto último, oyes cómo alguien empuja la puerta de entrada. Los goznes chirrían. La luz mortecina del atardecer apenas alcanza a colarse dentro. Pasos cautelosos se acercan a ti…
-¡Joder! –exclama el primer guardia, muy próximo- ¡Un muerto! ¡Se lo han cargado!
-¿¡Qué!? –grita el otro desde fuera.
-¡Trae una antorcha, joder, que aquí no se ve un carajo!
-¡Sí, ya voy!
Mientras tanto, el guardia que hay junto a ti te da un leve golpe con el asta de su lanza. Conteniendo las histéricas ganas de reír, te mueves un poquito. El segundo golpe es más insistente y tú, interpretando tu papel, te dejas caer de lado, quedándote finalmente de cara al suelo, procurando parecer todo lo inerte de que eres capaz. Casi prorrompes en carcajadas cuando oyes cómo el guardia da un salto hacia atrás.
-¡Joder, que se lo han cargado! –grita, ansioso- ¡Date prisa! ¡Date prisa!
El otro entra por fin con la antorcha.
-¡Mira! –dice- ¡Hay otro más adelante!
“Deben haber visto a Jamal, que también está tirado de cara en el suelo”, piensas.
-¡No lo había visto! –dice el primer guardia, todavía más asustado- ¡Se los han cargado a los dos! ¡No hay huellas! ¡Sea lo que sea, está aquí dentro todavía!
-O eso –replica el segundo-, o los mataron hace tiempo… Déjame examinar a éste un momento y salimos de dudas.
Cuando oyes eso, casi te da un infarto. ¡No contabas con que fueran a manosearte para ver si llevabas muerto una hora o una semana! Como Jamal no reaccione a tiempo y les ataque, vas a terminar con un palmo de acero incrustado en el vientre… “¡Mierda, mierda, mierda!”
De pronto, oyes un fuerte golpe. Primero crees que te han atravesado; luego piensas que Jamal se ha levantado; finalmente, te das cuenta de que el ruido procede del habitáculo del fondo… ¡Uno de los cadáveres debe haberse movido o caído de su sitio! ¡Qué momento tan oportuno! No lo piensas con ironía, ya que has percibido cómo los dos guardias daban un respingo.
-¡Te lo dije! –grita casi histérico el primero- ¡Está ahí! ¡Ahí al fondo! ¡Está ahí!
-Joder, joder, joder… -masculla el otro.
Oyes pasos. El primero pasa por encima tuya.
-¡Acerca la antorcha! –chilla.
El otro también pasa por encima de ti, dándote de propina un pisotón. Menos mal que no se te ha escapado un grito…
Los guardas parecen haber pasado también por encima de Jamal y deben estar aproximándose cada vez más a “la despensa”. Sólo el follón que liasteis con todos los trastos para ocultar los cuerpos explica que los recién llegados no se hayan percatado aún de lo que ocurre realmente…
No vais a tener una ocasión más propicia.
Como si Jamal te hubiera leído el pensamiento, se levanta sigilosamente, cierra la puerta que comunica la sala de la primera celda y la de la segunda (es en esta última donde están ahora los guardias) y logra echar el cerrojo a tientas. Comienzan a oírse gritos al otro lado, pero no les prestas atención. Te levantas, vas a la esquina que hay junto a la puerta de entrada y coges el “equipaje” (las armas y unas cuantas provisiones) que habíais preparado y ocultado allí con antelación. Le pasas a Jamal su parte, los dos salís fuera y el lancero real cierra la puerta de salida.
Mientras él echa el cerrojo y lanza las llaves bien lejos, tú te acercas a la ristra de camellos que, aún levantados, te miran con suspicacia. Desatas la cuerda que une al primero con una barra metálica incrustada en la pared y tiras de las riendas para que los animales se tumben. El primer camello te muerde la mano, y tú liberas toda la tensión acumulada propinándole un fuerte golpe en la cara. Después de haberle hinchado un ojo, el camello agredido y los demás captan el mensaje.
-¡Espera, Adan! –grita Jamal, que parece acercarse sin resuello- ¡Déjame a mí el primer camello! ¡Si fuera por ti, te los irías cargando de uno en uno!
Sigues las recomendaciones de tu camarada y pasas a ocupar la silla del segundo. Jamal se sube en el de delante y, con notable habilidad, hace que todos los camellos se levanten. Tú casi te caes, y en cuanto comenzáis a trotar sientes dolorido el culo. Mientras os alejáis de allí a toda velocidad, te parece alcanzar a oír los gritos y golpes de los guardias, atrapados en la (más bien poco) grata compañía de sus dos compañeros muertos.
De pronto, un rugido fuerte y atronador sepulta esos ruidos. Sorprendido, ves que el rugido proviene de Jamal, que se está riendo a mandíbula batiente.

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:29 am

PRIMER ACTO – EL COMIENZO DE TODO

SEGUNDO CAPÍTULO – LA CABEZA DE ABÚ EL GIGANTE (1/3)

Jamal y tú os arrastráis sigilosamente, al amparo de la oportuna cobertura que os brinda la noche sin luna. Habéis dejado atrás a los camellos, bien atados y en refugio escondido a la vista. Sin cota de malla y con las armas a las espaldas, os deslizáis sobre arena (cada vez menos) y rocas (cada vez más) hasta llegar a una elevación desde la cual podéis ver vuestro objetivo: la boca de una cueva, situada en un lugar algo más elevado, a unos 50 metros de distancia. Justo delante de la entrada podéis ver a un centinela, sentado frente a una tenue hoguera cuyo resplandor rojizo y amarillento le delata.
-¿Sigues creyendo que es una buena idea? –le preguntas a tu compañero, en susurros.
-Sí –se limita a responder él, también susurrando.
Te pones a pensar en lo que deberías hacer ahora, pero no puedes evitar que tus pensamientos se distraigan y se dirijan hacia los motivos que os han llevado hasta esta situación, en este lugar y en este momento…

***

-¿Crees que no les pasará nada? –le preguntaste a Jamal.
Habíais cabalgado, a lomos de los camellos, durante el resto del día de vuestra fuga y también durante toda la noche. Jamal decía que era mejor así: combatir el frió nocturno con el movimiento y soportar el caluroso sol lo más resguardados posible. Afortunadamente, vuestros pasos os habían llevado a un pequeño oasis, del que tomasteis posesión poco antes del amanecer. Mientras saciabais vuestra sed y comíais a la sombra de unos cuantos dátiles de las palmeras que allí había, y después de haber liberado a los camellos de la carga que portaban, no pudiste evitar pensar en los pobres centinelas, atrapados en mitad de ninguna parte. De ahí tu pregunta.
Jamal, recostado contra una palmera, se sacó un hueso de dátil de la boca y lo lanzó todo lo lejos que pudo, como si tratara de superar su marca. Después, te explicó su punto de vista.
-Se habrán “divertido” destrozando la puerta intermedia. Puede que incluso, con paciencia, echen abajo la puerta de entrada. Pero no nos seguirán. No se expondrán a las arenas del desierto, sin camellos y sin saber muy bien hacia dónde ir. No, se quedarán allí, estoy seguro. Enterrarán a sus muertos, racionarán las provisiones… Saben que, en el peor de los casos, sólo tienen que esperar un mes hasta que llegue el siguiente relevo. Yo no me preocuparía más por ellos.
Mientras Jamal hablaba, ibas echando un vistazo a algunos de los fardos que les habías quitado de encima a los camellos. Éstos, agotados, se habían echado bajo las sombras de las palmeras para reponer fuerzas.
-Me alivia oírte decir eso –le contestaste a Jamal, cuando terminó de hablar-. Vale que ya hemos matado a dos carceleros, pero en la medida de lo posible deberíamos evitar el derramamiento de sangre… Por cierto, ¿cuál es el plan? ¿Vamos a volver a la capital?
-Sí –contestó secamente Jamal.
-Déjame adivinar… -empezaste a bromear- Nos colamos de algún modo en el palacio, o donde sea que viva el rey. Luego llegamos hasta él, le explicamos que soy el Adanti y que tenemos una posibilidad en la lucha contra el Imperio… Y hale, problema resuelto. Dentro de poco seremos capitanes, tú y yo.
-Eso no ha tenido mucha gracia –repuso Jamal, sin compartir tu desenfado-. Todo esto ya es lo suficientemente difícil como para que encima te rías de ello.
-Deberías tomarte las cosas menos en serio, Jamal –trataste de animarle-. Sin sentido del humor, no vamos a ninguna parte.
-¡Para ti es fácil hacer bromitas! –estalla Jamal- ¡Tú no tienes nada que perder!
-Claro, y tú sí… Oh, espera. ¿No te habían encerrado en el Agujero y después habían tirado la llave? Me pregunto qué significará eso.
-Anda y que te… ¡Sí, podría haberme pudrido allí, pero al menos habría muerto obedeciendo la voluntad del Rey! Sin embargo, he desobedecido su voluntad, he matado a un guardia… ¿Y ahora voy a volver sin más al lugar del que me echaron como a un perro, hablando sobre el cumplimiento de una profecía que muchos consideran ridícula, con todo el círculo cercano al Rey en mi contra? ¡Tendré suerte si mi cabeza no termina clavada en una pica!
Jamal calló y tú, embarazado, descubriste la verdad: el guerrero sabía que lo más probable era que muriese, y a pesar de ello estaba dispuesto a asumir el riesgo si podía abrirte las puertas de palacio y ponerte en contacto con el Rey, para que tuvieras una posibilidad de cumplir tu misión. Pensaste que, en adelante, sería mejor no hacer bromas cuando el honor y la vida de tu camarada… no, de tu amigo, estaban en juego. Cierto que Jamal también se había partido de risa con la “broma” que le gastasteis a los carceleros; pero por lo demás, la muerte era para él una cosa muy seria.
Tratando de evadirte del incómodo silencio, te pusiste a rebuscar entre lo que parecían ser los efectos personales de uno de los guardias. “Pobrecillos”, pensaste, “habrá que procurar que más adelante les devuelvan todo esto”. Encontraste útiles de escritura y algunos pergaminos. Movido por la curiosidad, cogiste uno de ellos, lo desenrollaste y comenzaste a leerlo. Parecía una especie de diario. Ya estabas reprochándote que no estaba bien hurgar en la vida de los demás, cuando diste con unas frases, cuanto menos, sugerentes.
Leíste atentamente lo que venía a continuación. Fue como si un cielo nublado se despejara de pronto y permitiera ver la claridad de un hermoso día.
-¡Jamal, Jamal! –gritaste, mientras te acercabas a tu compañero- ¡Lo tengo, lo tengo!
Él no dijo nada y se limitó a mirarte con cara de mala uva.
-Bueno, deja que te lea… ¡Ejem! –carraspeas- “El día de hoy…” Esto lo escribió uno de los guardias –aclaras- “El día de hoy transcurrió sin novedad, salvo por un desagradable incidente con un desvergonzado bandido. El osado criminal, montado a camello, se acercó a nosotros y nos dijo que tuviéramos cuidado, que estábamos entrando en el territorio del rey bandido Abú, también conocido como el Gigante. Antes de que pudiéramos prender a aquel deslenguado, éste se fue por donde había venido. ¡El muy deslenguado…!”
Hiciste una pausa y luego seguiste.
-Aquí, el que redactó esto empieza con una retaíla de improperios… Sí, más adelante, esto es lo que nos interesa: “Si no fuera porque tenemos un deber que cumplir, mi compañero y yo llegaríamos a la cueva donde se esconde esa gran alimaña y le entregaríamos su cabeza al magnífico Rey Achmed XVII como presente. Pero, dicho con todos los respetos, eso es algo que debería haberse hecho hace ya tiempo; el hecho de que los cobardes bandidos no ataquen a los hombres del Rey no justifica que este infame asunto se haya propuesto indefinidamente…”
Dicho lo cual, cerraste el pergamino y miraste al Jamal con una sonrisa triunfal.
-¡Ahí lo tenemos, Jamal! ¡Nuestro “pase” para poder ver con ciertas garantías al Rey es la cabeza de Abú el Gigante!
Jamal también fue formando en sus labios una gran sonrisa. Sus ojos brillaban de entusiasmo y optimismo.
-Déjame ese pergamino, a ver si podemos averiguar dónde se esconde…

***

Eso ocurrió hace más o menos una semana. Lograsteis averiguar cuál era la zona de operaciones del rey bandido y encima la suerte estuvo de vuestra parte: no os encontrasteis con nadie y, simplemente desviándoos un poco de vuestro camino, alcanzasteis a ver aquella hoguera delatora, a la entrada de la guardia de Abú. Dejasteis los camellos en lugar resguardado y seguro, os arrastrasteis hasta llegar a unos 50 metros del centinela… y, de momento, eso es todo.
Ahora toca, una vez más, tomar decisiones.
-Jamal –susurras-, elige esta vez tú.
Tu compañero guarda silencio. Suspiras.
-Vale… -vuelves a susurrar- Soy el Adanti y todo eso, muy bien… Espero no hacernos matar esta vez. Veamos… Dicen que los bandidos no atacan a los guardias del Rey Achmed XVII. Y nosotros vamos disfrazados de guardias.
Naturalmente, cuando se trata de poner pegas, Jamal sí está dispuesto a intervenir.
-Una cosa es un encuentro más o menos fortuito en el desierto –contesta-, y otra bien distinta acercarnos hasta su guarida… ¿Qué vamos a decirle al centinela? ¿“Hola”? ¿“Estáis todos arrestados”?
Antes te habrías puesto de mal humor, pero ahora las objeciones de Jamal casi te resultan entrañables. Además, te tranquiliza verle, en cierto sentido, de buen humor.
-Podríamos decirles la verdad: que no somos guardias –propones-. Luego añadimos que queremos unirnos a su banda, o algo así… No es la primera vez que un plan disparatado nos sale bien –Jamal guarda silencio-. Otra posibilidad es caer directamente sobre él y ya está. Somos dos contra uno.
-O dos contra cuarenta, como le dé tiempo a alertar a los demás –vuelve a intervenir Jamal.
-La entrada es estrecha –añades-. Aunque fueran cien, podríamos mantenerles a raya.
-No tenemos que liquidar a toda la banda. Nos basta con matar a Abú, cortarle la cabeza y llevársela al Rey.
-Bueno, si tanto te preocupa lo de ser “sigilosos”… Podríamos distraer al centinela.
-¿Cómo?
-Yo qué sé… Tiramos una piedrecita y seguramente él irá a echar un vistazo donde ha caído.
-Eso, si es tonto o está adormilado. En otro caso, bien podría decidir investigar el lugar del que ha partido la piedra…
-Venga ya, no es un genio… Hay que ser un pringao para que te encasqueten la guardia nocturna. ¿O también los bandidos tienen un alto sentido de la disciplina?
Jamal no se molesta en contestar y tú empiezas a darle vueltas a la cabeza. ¿Qué hacer?

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:30 am

PRIMER ACTO – EL COMIENZO DE TODO

SEGUNDO CAPÍTULO – LA CABEZA DE ABÚ EL GIGANTE (2/3)

-No corramos riesgos –le dices a Jamal-. Lo mejor será distraer al centinela, como te dije antes. Busca una piedra y lánzala lejos, a su izquierda (nosotros estamos a su derecha). Cuando él se aleje en dirección contraria, nosotros aprovecharemos para colarnos dentro…
Jamal mira en la dirección señalada, sin decir palabra.
-Además –añades-, eres bueno lanzando, ¿no? Ya me fijé antes, cuando tirabas los huesos de los dátiles.
Logras hacerle sonreír.
-La piedra que necesitamos será más grande que un huesecillo –contesta-. Tiene que pasar prácticamente por encima de la cabeza del centinela, y debe hacer al caer suficiente ruido. Tenemos que acercarnos más.
Así que seguís arrastrándoos un rato, sigilosamente, hasta recortar parte de la distancia que os separa de la hoguera y quedar, finalmente, a unos 30 metros.
-Este sitio está bien –susurra Jamal.
Tantea el suelo con la mano, da con una piedra, la sopesa y, tras pensar que es la adecuada, se levanta ágil y silenciosamente y la lanza por los aires, volviendo a tumbarse inmediatamente.
El proyectil se pierde en la negrura de la noche, pero oís al cabo de unos instantes el sonido que hace al impactar contra el suelo, a una buena distancia de donde está el centinela. El susodicho, que estaba adormilado y cubierto con una manta para protegerse del frío, se endereza de repente. Sacude la cabeza, echa hacia atrás la manta, se levanta y apunta con su lanza en dirección a donde cayó la piedra.
-¿¡Quién va ahí!? –chilla, con voz aguda y temblorosa.
El centinela, delgado y bajito, viste ropas oscuras y gastadas que le quedan demasiado holgadas; debían pertenecer a otra persona. Lleva un parche en el ojo izquierdo, lo que te llama la atención.
Aprovechando que el centinela está mirando hacia el otro lado, Jamal repite la operación: coge una piedra, se levanta, la tira y vuelve a tumbarse. No tarde en oírse otro sonido semejante al primero, para mayor nerviosismo e incluso pánico del hombrecillo.
-¡Te he vuelto a oír! –chilla de nuevo- ¡Muéstrate!
Pero no se mueve de su sitio. ¡Maldición! No contabas con que el centinela fuera alguien tan pusilánime y cobarde, que no se atreviera ni siquiera a moverse de su sitio. Sus imaginarios temores son demasiado para él, y prefiere quedarse en su sitio con el miedo a lo desconocido en vez de enfrentarse a lo que sea que aceche en las tinieblas; prefiere agonizar como un cobarde antes que enfrentarse al asunto asumiendo la posibilidad de morir como un valiente.
-¡Sé que estás ahí! –sigue chillando el hombrecillo, sin variar un ápice su postura, salvo por los temblores que le acometen.
Piensas que no todo está perdido. Si al final alerta a sus compañeros, con suerte éstos no os descubrirán y pensarán que el tipo está chiflado. Después, sólo tenéis que seguir haciendo ruido para que el centinela siga dando la tabarra… hasta que sus compañeros se harten y le ejecuten. Es un plan que, a pesar de sus lagunas y de la paciencia que requiere, bien podría…
Una súbita aparición corta el hilo de tus pensamientos. De la boca de la cueva sale otro bandido que se acerca al hombrecillo. El recién llegado, también vestido con ropas oscuras, parece enorme en comparación con aquél, pero realmente no debe medir mucho más que vosotros. Lleva un sable y nada más acercarse al centinela le golpea (amistosamente, parece) con la empuñadura en la cabeza, con lo que casi consigue que al otro le dé un infarto.
-¡Bueno, Rata! –dice el del sable, divertido- ¿Qué ha pasado esta vez? ¿Has vuelto a ver a un Majdi, o es algo todavía peor?
-¡No es coña, Baltasar! –responde el personajillo conocido como Rata- ¡Algo se ha movido ahí abajo?
-¿Cómo? –contesta el otro, burlón- ¿Y no has dado la alarma? ¡Podría ser el ejército de Achmed, que viene a matarnos a todos! –dicho lo cual, empieza a reír a carcajadas, considerando muy gracioso su propio chiste… postura que, obviamente, no es compartida por Rata.
-¡Te digo que he oído algo! –continúa refunfuñando éste.
-¿Ah, sí? Pues yo no.
-¡Normal! ¡A ti te han dejado haciendo guardia con los camellos! ¿Cómo iba a oír tú nada desde ahí? Y te ríes de mí… ¡De mí, que, helándome aquí fuera, me enfrento a lo desconocido!
-Oye, donde los camellos hace calor pero huele mal… ¡Y menudo aburrimiento! Aquí fuera, por lo menos, puede ocurrir algo emocionante.
-¡Bah! ¡Para ti tus emociones!
-Mira, si quieres hacemos una cosa… ¿Qué te parece si te quedas aquí un momento y yo voy y bajo a donde has oído los ruidos, por si hay algo?
-¿En serio…? ¡Vaya! ¿Harías eso por mí?
-¿Por un amigo? ¡Claaaro! Lo que sea.
Los dos bandidos intercambian algunos comentarios más y después Baltasar empieza a bajar la pendiente dirigiéndose a donde cayeron las piedras, ahogando a duras penas una risita. Está claro que piensa abusar de la credulidad de Rata para gastarle una broma pesada y aliviar un poco el sopor que debe conllevar la aburrida guardia en el interior de la cueva. Para vosotros, esa información resulta muy útil: ahora sabéis que hay un centinela fuera y otro dentro (porque, por lo visto, las camelleras están dentro). Y ahora es un bueno momento para “encargarse” de los dos…
Jamal, que ha comprendido también esto a la perfección, te hace unas señas inequívocas. Está claro lo que quiere decir: tú liquidas a Rata mientras él hace lo propio con Baltasar. Asientes con la cabeza, te levantas, desenvainas tu sable con cuidado y avanzas sigilosamente pegado a la pared de roca, subiendo la cuesta mientras, con una sonrisa, piensas en lo extraño que se te hace que, por una vez, Jamal haya decidido por su cuenta.
Aunque pones el máximo cuidado posible, no puedes evitar golpear inadvertidamente con el pie algunas piedras sueltas que echan a rodar pendiente abajo… El error habría sido fatal en otras circunstancias, pero ahora Rata está demasiado distraído con lo que hace su compañero y no se percata de nada.
Te vas acercando, de puntillas, cada vez más… 15 metros, 10 metros, 5 metros… Sientes que casi podrías echarle el aliento encima al centinela, el cual (para su desgracia) está de espaldas a ti y sigue sin percatarse de nada. Calculas bien la trayectoria del golpe idóneo, lanzas un tajo horizontal de derecha a izquierda y…
La hoja de tu arma, aun embotada, no tiene problemas para seccionar el delgado y frágil cuello de Rata. Te apartas para que no te salpique la sangre, mientras el cuerpo decapitado se precipita sobre las llamas (o más bien sobre las brasas) de la hoguera y la cabeza, tras volar unos instantes por los aires, cae al suelo y empieza a rodar cuesta abajo, justo hacia donde está Baltasar… El sonido monótono y siniestro, algo así como “ploc ploc ploc…” debe de haberle quitado las ganas de bromear.
-¡Rata! –grita, tan asustado como lo había estado en vida el hombrecillo- ¡Rata! ¿Qué pasa? ¿Rata? ¡Oh…!
Justo cuando debe haberse dado cuenta de qué es lo que bajaba rodando por la pendiente, se escucha un chasquido como de metal y huesos rotos, un grito ahogado y, finalmente, el ruido de un cuerpo al caer al suelo, junto con el inconfundible sonido de la lanza de Jamal al ser extraída del cuerpo de su víctima.
Está hecho.
Súbitamente, te percatas de que el cuerpo de Rata está empezando a “tostarse” y el olor no es nada agradable. Lo sacas de la hoguera de un tirón antes de que la cosa vaya a más… Ves que algo cae de uno de los bolsillos del muerto: es un pequeño frasco metálico con un tapón de corcho. Quitas el tapón pero, debido al nauseabundo olor que surge, no tardas en volver a colocarlo en su sitio. Sin saber muy bien por qué, guardas el frasco en un saquito que llevas al cinto; algo te dice que podría resultarte útil en un futuro no muy lejano…
Para no dejar muestras palpables de vuestra presencia, Jamal, que ya ha vuelto junto a ti, coge el cadáver de Rata y lo echa a rodar cuesta abajo, reuniéndose al final de la pendiente el cuerpo decapitado con la cabeza.
Os ponéis en marcha y os adentráis en la caverna. Por contraste, el interior está muy oscuro. Deambuláis por un largo pasillo excavado (más natural que artificialmente) en la roca. Tras dar algunos pasos a ciegas, tus manos palpan lo que parece un hueco… Un hueco del que sale el olor inconfundible a camello.
-¿Y si nos cargamos a los bichos ésos, para que luego los bandidos no puedan perseguirnos? –le sugieres a Jamal en susurros.
-Demasiado ruido –objeta éste-. Lo mejor que podemos hacer es entrar y salir sin ser vistos.
-Je, con esta oscuridad no lo tenemos muy difícil…
Seguís avanzando a tientas, chocando de cuando en cuando contra la pared (¡malditas curvas!) y deseando que no haya más centinelas ni trampas. Tuvisteis suerte de cargaros antes a los dos de una sola vez; de otro modo, vuestra incursión habría sido bastante problemática.
Con gran alegría, al pasar un recodo, podéis ver que el camino termina y da paso a otros dos: del de la izquierda mana bastante luz (producida por un buen puñado de antorchas, puede que incluso una hoguera) y salen voces y risas, como si hubiera una fiesta; del de la derecha, en comparación, mana poca luz… y un silencio mortal, en contraste con el otro camino.

***

Tragué saliva, nervioso. Estaba claro que, a la izquierda, los bandidos festejaban alguna hazaña; de hecho, creía recordar que los centinelas habían comentado algo al respecto. Claro que… ¿Quién podría saber qué nos aguardaba en el camino de la derecha? El ominoso silencio bien podía ser un presagio de la horrible muerte que nos acechaba en esa dirección. Sin embargo, era todavía más peligroso quedarse parados en aquella encrucijada; cualquiera que pasara por allí podría descubrirnos.
-A la derecha –le susurré a Jamal.
-¿Seguro? –contestó, también en susurros.
-Igual nos metemos en la boca del lobo, pero… hay que hacer algo.
-Claro.
Jamal también tenía ganas de actuar. Se notaba cómo miraba inquieto a un lado y al otro, mientras sostenía con fuerza su lanza. No seguí poniendo a prueba sus nervios de acero y comencé a andar todo lo sigilosamente que podía, con mi herrumbroso sable desenvainado.
El pasillo era oscuro y tuve que tantear la pared con la mano libre para poder avanzar. Jamal me seguía a pocos pasos de distancia. Al doblar un recodo, pudimos divisar al fondo del pasillo una estancia de la que manaba la luz de varias antorchas. También podía oírse una voz grave y potente. Nos aproximamos con cautela a la entrada de la estancia (dicha entrada estaba situada en una esquina de dicha estancia) y aguzamos el oído. No fue muy difícil captar las palabras.
-¡No merezco estas demostraciones de afecto! –tronaba la voz, afectuosamente- Simplemente soy vuestro jefe… pero, más todavía, soy como un padre, porque vosotros sois como mis hijos…
En ese momento, la voz se interrumpió. Luego volvimos a oírla, pero tenía un tono más amargo.
-¡Ay, Abú, reconócelo… esto no es lo tuyo! ¿Para qué tratar de buscar mejores palabras? De todas formas, los muchachos no lo entenderían. Lo más sencillo es decir lo mismo de siempre, luego beber y ponerse como una cuba… No, Abú, tú no eres el de los bonitos discursos. Quizás deberíamos secuestras algún día a un maestro, para que pueda darme unos consejos…
Jamal y yo nos miramos sorprendidos: resultaba extraño que aquel jefe de bandidos tuviera aspiraciones poéticas. Comencé a tener mis dudas…
-No sé si deberíamos hacer esto –le dije a Jamal en voz baja.
Hubo un breve silencio. Mi compañero estaba molesto.
-Yo sí lo sé –terminó contestando el lancero real-. Ese hijo de mala bestia ha matado a muchos de mis camaradas. No me desagradará llevar su cabeza hasta la capital. Y te recuerdo que esa cabeza es nuestra única…
-Entiendo –le corté secamente.
Noté cómo Jamal contenía su cólera y me arrepentí de haber sido tan brusco.
-Oye –continué-, tranquilo que lo haremos. Es sólo que… no me esperaba algo así. Yo creía que Abú sería alguien zafio y tosco, no un espíritu sensible…
-…atrapado en el cuerpo de un carnicero –me cortó esta vez él a mí-. Si quería ser poeta, podría haberse alistado en los lanceros reales; allí conocí a varios guerreros poetas. Pero si él prefirió dedicarse a asaltar caravanas y matar inocentes… -concluyó la frase con el elocuente gesto de deslizar el dedo índice por su garganta de un lado a otro.
Me quedé callado unos instantes, pensando qué decir, cuando me di cuenta de que había silencio. Demasiado.
Abú ya no estaba hablando… pero podíamos oír su agitada respiración en algún lugar de la estancia.
-¡Malditos cabrones, mira que espiarme! – espetó furioso, seguramente por haber sido cogido “in fraganti” en medio de sus frustradas aspiraciones poéticas.
La tierra comenzó a temblar. Jamal y yo nos preparamos para lo peor… pero no fue suficiente.

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Mar Ene 27, 2009 10:31 am

PRIMER ACTO – EL COMIENZO DE TODO

SEGUNDO CAPÍTULO – LA CABEZA DE ABÚ EL GIGANTE (3/3)

Abú prácticamente llegaba hasta el techo, y poco le faltaba para ocupar también todo el ancho del pasillo. Era una colosal figura envuelta en enormes ropajes negros. Llevaba la cabeza descubierta, dejando a la vista una espléndida melena. Una densa barba le bajaba hasta el pecho. Donde supuse que estaban los ojos, brillaban dos puntitos brillantes y furiosos… además de sorprendidos: no debía esperar encontrar allí, justo frente a su cuarto, a un par de guardias.
Podríamos haber muerto de muchas maneras: destrozados por aquellas manos enormes que podían estrujar con facilidad un melón o una cabeza humana, atravesados por las armas de sus hombres (a los que no tardaría en llamar con su potente voz)… Dejando a un lado la falsa modestia, debo reconocer que si nos salvamos fue gracias a mis rápidos reflejos.
Antes de que perdiéramos el factor sorpresa, saqué el frasco del que había despojado a uno de los centinelas y arranqué el tapón de caucho con los dientes; el tufillo que salía de dentro casi me hizo vomitar, pero contuve las náuseas. Acto seguido, rocié a Abú en la cara con parte del contenido del frasco… Nada más sentir el nauseabundo líquido, su rostro se transformó en una máscara que reflejaba terror en estado puro. El gigante se llevó las manos a los ojos (lo más probable era que se hubiera quedado ciego) y abrió su boca dispuesto a emitir un alarido que habría sido nuestra perdición… Pero Jamal actuó con suficiente rapidez y se lo impidió clavándole su lanza en el pecho, con lo cual le perforó un pulmón y le dejó sin aire.
Sin embargo, aquello no bastó para acabar con el gigante. Éste, cegado y dolorido, agarró con una de sus grandes manos el cuello de Jamal y comenzó a apretar. Oí cómo crujía su tráquea y temí por su vida. La otra mano se dirigió a por mí, pero le pegué un tajo con la cimitarra y la dejé colgando del brazo por apenas una tirilla de piel y carne. Jamal, por su parte, extrajo la lanza del torso del gigante y volvió a clavársela, pero esta vez en la garganta.
Abú cayó de rodillas y soltó a Jamal. El jefe de los bandidos no sabía hacia dónde dirigir su única mano: hacia la otra, casi amputada; hacia su garganta, sajada; hacia sus ojos, cegados; o hacia alguno de nosotros. No le di tiempo a recuperarse y le lancé, con todas las fuerzas que pude reunir, un feroz tajo vertical, de arriba abajo, en la cabeza. Con esto conseguí que la hoja se quedara incrustada en el cráneo de Abú, causándole una muerte instantánea… mientras que yo me quedaba sólo con la empuñadura en la mano.
Jamal volvió a liberar su lanza, haciendo que el cuerpo sin vida de nuestro enemigo cayera de bruces; tuvimos que apartarnos para evitar quedar sepultados debajo del mismo.
-¿Estás bien? –le pregunté a Jamal.
Éste asintió con su cabeza y trató de esbozar una sonrisa tranquilizadora, pero lo que le salió más bien fue un rictus de dolor; el apretón no le había matado de milagro, y difícilmente podía hablar en ese momento.
Una vez superado el peligro, quedaba la desagradable tarea de decapitar a Abú y envolver su cabeza con un trapo o algo parecido. Yo estaba pensando en entrar en la habituación de Abú y buscar algún instrumento apropiado (ya que me había quedado sin arma) cuando Jamal miró, nervioso, en la dirección por la que habíamos venido.
-¿Qué pasa? –susurré- ¿Has oído algo?
El asintió y, sin decir palabra, se adelantó y sobrepasó un recodo, quedando fuera del alcance de mi vista. Allí estaba yo, solo, al lado del enorme Abú (terrorífico incluso estando muerto), cuyas anchas espaldas iluminaba tenuemente la luz que salía de su cuarto. Por un momento tuve la tentación de meterme en el habitáculo y examinar los tesoros del jefe de los bandidos, pero me detuvo un temor irracional: el de que, si dejaba solo a Abú, éste se levantaría y nos mataría a los dos. Así que allí me quedé, solo y casi a oscuras…
Escuché de pronto un forcejeo y un grito ahogado… Al poco, volví a ver a Jamal, que traía en una de las sus manos un hacha de tosca factura; deduje rápidamente que se había encargado de su anterior portador. Los brillantes ojos del lancero real casi hablaban: si había venido un bandido para ver cómo le iba a su jefe, no pasaría mucho tiempo hasta que apareciera otro por allí para averiguar qué había pasado con el primero.
No había un solo momento que perder. Le cogí el hacha a Jamal, me planté como pude a un lado del muerto y, tras dos o tres intentos, logré separarle la cabeza del cuerpo. Mientras Jamal vigilaba, yo dejé el hacha en el suelo, me arrodillé junto al difunto, le arranqué algunas de sus amplias y oscuras vestiduras y las utilicé para envolver la cabeza; antes de completar el proceso, me vendé la mano con algunas tiras de ropa (para no cortarme en una situación tan apurada) y desincrusté del cráneo la hoja del sable.
Cuando me levanté, con el hacha en una mano y el hatillo de siniestro contenido en la otra, Jamal me echó una rápida mirada y, con un gesto de su cabeza, me indicó que le siguiera. Echó a andar con decisión, pero creí ver que esa mirada también se dirigía a la habitación de Abú, que quedaba fuera de nuestro alcance debido a la premura de nuestras circunstancias… y es que los bandidos podían descubrirnos en cualquier momento. Este último pensamiento se avivó cuando, siguiendo a Jamal, estuve a punto de caerme al tropezar con el último bandido al que mi compañero había liquidado.
La verdad es que, cuando veía a Jamal avanzar en una oscuridad casi total, nervioso pero actuando al mismo tiempo con la serenidad de un guerrero veterano, me sentía orgulloso de tener junto a mí a alguien como él. Yo no sabía mucho sobre mí mismo, y me parecía que la misión de “salvar el mundo” me quedaba grande; sin embargo, la presencia de Jamal me daba ánimos e incluso la esperanza de que podríamos sortear todos los obstáculos que se interpusieran en nuestro camino.
Esa esperanza casi se desvaneció cuando Jamal se topó, al doblar un recodo, con otro bandido.
Mi compañero fue más rápido, pero su oponente chilló como un cerdo al ser atravesado por la mortífera lanza… Ya era inútil actuar con cautela, así que empezamos a correr. Pasé junto al bandido, que todavía estaba vivo; arrodillado, se apretaba el estómago con las manos. No llegué a ver su cara, estaba demasiado oscuro.
En otras circunstancias me habría planteado si no estábamos llevando todo esto demasiado lejos, si no nos estábamos pasando al matar a un montón de gente a la que ni siquiera conocíamos…. Pero en ese momento sólo podía pensar en una cosa: o nosotros o ellos… ¡y ellos eran muchos más! Teníamos que salir de allí lo antes posible.
Llegábamos al cruce en el que nos habíamos detenido antes (donde decidí que era mejor “ir por la derecha”) cuando nos salieron al paso dos bandidos que venían de lo que debía ser el comedor. Jamal no titubeó y, aprovechando el impulso de la carrera, cargó contra el primero de ellos. El lancero real ensartó a ese bandido, y también habría ensartado al que estaba detrás… si no fuera porque la lanza se partió en dos en el momento más inoportuno posible. El bandido superviviente cayó debajo de su camarada muerto, pero seguía consciente… y tenía una daga en la mano. ¡Jamal era un blanco fácil y nuestro enemigo no podía fallar el lanzamiento!
Mi respuesta, arriesgada e irracional, consistió en lanzarle el hacha. ¡Faltó poco para que le diera a Jamal! No obstante, conseguí que el mango del hacha golpeara contra el brazo del bandido, partiéndole el hueso. El tipo comenzó a gritar, pero Jamal y yo le pateamos hasta que se calló, seguramente debido a la pérdida de consciencia.
Cuando seguimos corriendo, me di cuenta de que se me había olvidado recoger el hacha. Jamal, por otro lado, se había quedado sin su lanza y, con las prisas, había cometido el mismo error que yo. Pero ya era tarde para volverse atrás: ya se oía a nuestras espaldas a los bandidos, que salían en tromba del comedor en nuestra persecución. ¡Y nosotros desarmados! ¿Qué íbamos a hacer?
Fue entonces cuando recordé que todavía conservaba el frasco del centinela conocido como “Rata”… y se me ocurrió una idea. Mientras Jamal corría hacia el exterior, yo me metí en la camellera y lancé el frasco, con todas mis fuerzas, contra una de las paredes. El impacto hizo que el frasco prácticamente explotara, de modo que su contenido se esparció por toda la sala…
Compadezco a las pobres bestias… Les oí, si ello es posible, “gritar” en la oscuridad, aterradas por la hedionda sustancia. Se volvieron locas, comenzaron a golpearse entre sí y contra las paredes… No tardarían en romper sus ataduras.
Salí de la camellera y, al llegar al pasillo principal, no miré hacia atrás; sabía que en esa dirección sólo me esperaba una muerte horrible. Corrí hacia la salida, con los gritos de mis perseguidores en los oídos y con su aliento prácticamente en mi nuca… Temí que, en cualquier momento, me alcanzaría la hoja de una cimitarra o un hacha.
Cuando salí de la cueva, vi que me estaba esperando Jamal, que había cogido la lanza del centinela conocido como “Rata”. Su mirada serena apuntaba, desafiante, a la entrada del refugio de los bandidos; mi compañero estaba dispuesto a ensartar al primero que apareciera por allí. Sin embargo, sus ojos se abrieron desmesuradamente, debido a la sorpresa, cuando vio cómo de la oquedad emergía… un camello.
Al animal le salía espuma por la boca. Daba saltos, se movía de manera muy extraña y sus ojos aterrados miraban en todas direcciones. Cuando el primer bandido salió fuera, el camello no se anduvo con contemplaciones y le pegó un mordisco en el cuello. No tardó en salir un segundo camello, a cuyas patas se había enganchado otro bandido; el camello le coceaba, tratando de quitárselo de encima, mientras el bandido gritaba de dolor.
Entonces, como si un dique se hubiera venido abajo, apareció una oleada de camellos. Tres, siete, once… Todos mordiendo y coceando a los bandidos que tenían a su alcance. Seguramente, algunas de las bestias se habían dirigido hacia el interior de la cueva, sembrando todavía más caos entre nuestros perseguidores.
Para evitar que la marea camellil nos arrollara, Jamal y yo bajamos por la pendiente lo más rápido posible; prácticamente rodamos hasta llegar al fondo. Después seguimos corriendo hasta llegar al escondite en el que habíamos dejado a nuestros camellos. Éstos se mostraban algo inquietos, pues los aullidos de sus congéneres envenenados llegaban hasta sus oídos; pero más nos temían a nosotros que a esos siniestros sonidos, de modo que no se hicieron los remolones. Colocamos la carga en su sitio, montamos sobre las bestias, pusimos en pie a nuestra pequeña caravana y abandonamos el refugio.
Una vez más, Jamal y yo habíamos actuado al unísono sin mediar palabra… aunque se trataba de sentido común: privados de sus monturas, siquiera temporalmente, los bandidos no podrían darnos alcance si partíamos inmediatamente. Merecía la pena correr el riesgo de ser delatados por la luz de la luna y las estrellas. Jamal, que montaba en el primer camello, dirigía la “caravana” alejándose de la cueva todo lo posible; puede que nos desviáramos un poco, pero cuando las cosas se tranquilizaran podríamos utilizar nuestros mapas (bueno, realmente eran de los guardias que habían venido a relevar a los otros a los que habíamos matado) para reorientarnos.
Súbitamente, ocurrió algo que comenzó a hacer que me arrepintiera de haber partido con tanta premura. Cuando giraba la cabeza para ver si nos perseguían, descubrí a una siniestra figura situada en lo alto de una duna. Los rayos de la luna llena le iluminaron y pude ver que era un bandido… ¡armado con un arco! Tenía una flecha en la cuerda… ¡y nos estaba apuntando! Maldije por no habernos puesto de nuevo las cotas de malla; sin esa protección, un flechazo podía ser fatal.
Sin embargo, ocurrió lo que menos esperaba: otro bandido apareció detrás del primero, le agarró de los pelos y le rajo el cuello con un cuchillo. Después le quitó el arco y las flechas y, tras echarnos un breve vistazo, se fue por donde había venido, en dirección a la cueva.
Una vez que nos alejamos lo suficiente, le conté a Jamal lo que había pasado. Él no se había dado cuenta antes, pero no pareció sorprendido al oírme. Se limitó a replicar, tranquilamente:
-Cuando el perro grande muere, los pequeños se pelean entre ellos para conseguir sus trofeos.
Desde luego, aquella afirmación no carecía de lógica: desaparecido Abú, los demás bandidos habían comenzado a matarse entre ellos para hacerse con los tesoros del gigante, cuya presencia (alentadora y, a la vez, terrorífica) debía ser lo único que había mantenido unidos a sus subordinados hasta el momento de su muerte. No costaba mucho imaginarse al bandido que había matado al arquero atacando a sus compañeros desde la distancia, aprovechando la confusión, para después volver a las cavernas y apropiarse de los magníficos trofeos de su difunto jefe.
Aunque nosotros ya teníamos el nuestro: la cabeza de Abú el Gigante.

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Miér Feb 04, 2009 6:37 am

¡Hey, se supone que podéis hacer comentarios y esas cosas! XD

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Miér Feb 04, 2009 7:52 pm

En cuanto me lo pueda leer entero Smile

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Miér Feb 04, 2009 11:11 pm

Weno, ya me lo he leído.
Ante todo gracias por el curro, en serio, esta bien eso de poder hacer un alto en el estudio y leer un relato interesante y entretenido.
En cuanto a cosas que me han llamado la atención te puedo decir que creo que deberías haber modificado los primeros posts para que las cosas tuvieran sentido con el nuevo estilo narrativo, me refiero sobre todo a la pelea. No da unidad que la primera pelea sea formato "Carcelero ataca..." y que las siguientes sean narradas.
Una cosa que me ha llamado la atención desde el principio es el lenguaje del protagonista, hay algo relacionado a las marabunta de tacos que suelta que no termina de cuadrarme. De todas formas cuando hablamos de literatura de fantasía épica yo creo que mejor es evitar tacos actuales y recurrir a otras recusos para mostrar que el personaje el un malhablado. La razón de esto es que saca al lector de la aventura ya que recuerda a cosas actuales del día a día, por eso ningún PNJ se llama Juan ni se juega en Granada, no sé si termino de explicarme, pero creo que se entiende.
Personalmente habría agradecido un poco más de descripción en cuanto al tiempo. Supongo que hará un calor de mil demonios y creo que eso debería tener un peso importante, así como las consecuencias del calor.
El sistema de los guardias de "No te preocupes, el camello sabe el camino..." me ha parecido un poco raro, supongo que podríamos discutir animadamente sus pros y contras una noche en el granaillo xD

Creo que todavía me quedan algunas cosillas por comentar, pero tampoco quiero que parezca que solo busco defectos asi que lo dejo por ahora jejeje. De nuevo darte la enorabuena y las gracias por una historia tan entretenida Wink

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Jue Feb 05, 2009 8:32 am

Antes de nada, quisiera agradecerte el post; no se trata sólo de ser valiente para leer la historia, sino también de ser valiente para luego hacer comentarios coherentes sobre la misma... Te adelanto que me encanta que saques todas las pegas y peros posibles; es algo que yo hago con frecuencia cada vez que veo un capítulo de una serie, y necesito probar mi propia medicina de cuando en cuando, sobre todo para, a la hora de la verdad, evitar caer en errores tan fatales como estúpidos.

1) Estoy completamente de acuerdo contigo en cuanto al puñetazo que supone para el lector el cambio de estilo, así de golpe y porrazo. En otras circunstancias, habría re-elaborado todo lo anterior; pero la falta de tiempo y ganas me situó en la alternativa de continuar la historia por donde la había dejado (con ese nuevo estilo subjetivo) o empezar a redactarlo todo de nuevo, en cuyo caso nos podrían haber dado las uvas de la Nochevieja del 2009 antes de que yo hubiera, finalmente, posteado el segundo capítulo. Afortunadamente, de aquí en adelante, no habrá problemas de esa índole.

2) ¿El protagonista suelta una marabunta de tacos? No me había dado cuenta... ¡Tendré que revisarlo! De todas formas, en este contexto (ambientación medieval) surgen una serie de alternativas: omitir los tacos, lo cual resulta poco creíble; utilizar expresiones en plan "profirió un terrible juramento", tan típico de, por ejemplo, "La Isla del Tesoro" y otros clásicos; utilizar "tacos" arcaicos ("adolece usted de una notable carencia de testículos" en lugar del típico "no tienes cojones") o utilizar "tacos" actuales. Está claro que esta última opción es la menos recomendable, porque precisamente consigue romper esa sensación de inmersión, por parte del lector, en un universo distante y lejano ambientado en otra época radicalmente distinta a la que le ha tocado vivir. Todo lo que he dicho antes puede resumirse en unas sencillas palabras: "tienes razón, procuraré corregir eso".

3) Una de las cosas que me echan para atrás, a la hora de sentarme y ponerme a escribir una historia, es mi escasa capacidad para describir; cada vez que describo algo, tengo que hacer un esfuerzo. De ese modo, la mayoría de las veces me limito a contar lo que pasa, lo que hacen los personajes... y el aspecto descriptivo se resiente bastante. Creo que me traumatizó "El Último Mohicano", en el que se utilizaban las descripciones y los adjetivos con tanta profusión que... bueno, sería algo así como decir "eso sustituyó a la ballena blanca en mis pesadillas". No obstante, no podemos prescindir de las descripciones. Ahora bien, debido a la poca práctica de un servidor en estos asuntos, tampoco tengo muy claro qué merece la pena describir y qué va a servir para, sencillamente, aburrir al lector hasta el extremo de que éste empiece a pasar páginas, a ver "cuándo empieza lo bueno". Por otro lado, las descripciones (en su justa medida) pueden servir para facilitar esa "inmersión", por parte del lector, en la historia; como el que la escribe ya está, en cierto sentido, "inmerso" en ella, resulta difícil darse cuenta de que deben realzarse algunos detalles para que la trama sea más comprensible para el lector. Bueno, en resumen... Iremos poco a poco y empezaré, por ejemplo, haciendo algo más de hincapié en la cuestión metereológica en el siguiente capítulo.

4) Lo de los camellos es interesante... Me inspiré, por un lado, en las palomas mensajeras; y, por otro lado, en la descripción del acceso al "Nido de Águilas" en "Juego de Tronos", para el cual se utilizaba a burros que, a base de recorrer el mismo camino una y otra vez, habían terminado por "aprendérselo" e incluso podían recorrerlo en mitad de la noche más oscura. No obstante, había una moza que era la que se encargaba de tirar del burro... ¿algo imprescindible o solo para facilitarle el mal trago a Lady Catelyn? Sea como sea, ya me he extendido en demasía y creo (seguro que coincidiendo contigo) que lo mejor será dejar ésta y otras cuestiones para la próxima visita al Granaillo.

Ya te digo que ese tipo de comentarios constituyen todo un aliciente para mí; ése es un tipo de cosas que me anima a seguir escribiendo mis historias. Realmente me conformo con que algún lector se tome un interés mínimo por el asunto. Bueno, ya veré si algún día de éstos me pongo manos a la obra y me meto con el tercer capítulo... en cuya elaboración, naturalmente, tendré en cuenta tus muchos y muy buenos consejos.

PD - Me alegra que esto te sirva para desconectar de cuando en cuando. Wink

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Vie Mar 13, 2009 7:35 am

Me he dado cuenta de que no tengo ningún motivo para seguir adelante con este proyecto. Así que lo cancelo.

Si acaso, en los próximos días, iré dejándoos los esbozos que había trazado sobre el argumento, los giros y el desenlace; principalmente, para tener la sensación de que, al menos, eso no cayó en saco roto.

Por otro lado, esto significa que tengo más tiempo y energías, las cuales puedo dedicar a "FireHeart", una historia largamente abandonada pero que prometía; debería retomarla lo antes posible.

En la sección pertinente, en los próximos días, os informaré sobre la continuación de lo que fue en principio una "historia interactiva". De hecho, creo que volverá a serlo.

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Jue Mar 26, 2009 3:38 am

"Me he dado cuenta..." Es curioso, estoy empezando este post igual que el anterior. Bueno, como decía, me he dado cuenta de que mi interés en este asunto es equiparable a... el vuestro. Es decir, ninguno.

La idea murió y ya es inútil tratar de resucitarla. Todo lo más que puedo conseguir es remover un cadáver en descomposición, lo cual es bastante desagradable. Es mejor dejar descansar a los muertos.

Así pues, queda oficialmente cancelado todo lo relativo a "El Adanti", también conocido como "DA2". Lo que ha ocurrido con esto me recuerda a lo acontecido con "Poochie"...

No obstante, la continuación de "FireHeart" sigue en pie.

Sin embargo, antes de eso, me gustaría postear una vieja historia sin nombre e incompleta (sello inconfundible de las "Viral Productions") que encontré por ahí cuando estaba haciendo orden. Iré pasándola a ordenador y os la dejaré en el foro un día de estos, a ver qué os parece. No diré nada para no desanimar a potenciales lectores. XD

Bueno, básicamente era eso... Así que ya está.

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Jue Mar 26, 2009 7:50 am

No entendí el anterior post ni tu desgana por ese proyecto, y sigo sin enteder el nuevo :S

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MensajeTema: Re: El Adanti – La historia de un amnésico en un mundo medieval   Jue Mar 26, 2009 8:09 am

Pues será que soy "difícil de entender"... XD

Es sólo que no estoy muy motivado, y prefiero dedicar el (poco) tiempo libre que tengo a otras cosas. Y no nos engañemos: desde el fiasco del DA2, esta historia nunca ha llegado a interesaros realmente. Así que nadie se va a perder nada que merezca la pena.

¡Quizás sea una de esas cosas de las que es mejor hablar en el Granaillo! XD

PD - Igual tengo algún tipo de trastorno bipolar, y por eso tengo que estar haciendo cosas nuevas cada dos por tres, sin terminar lo que tenía antes entre manos... Por favor, esto último es broma, no hace falta que os preocupéis.

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