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 El jugador

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Kamina
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MensajeTema: El jugador   Jue Jun 11, 2009 10:59 pm

Silas observaba el juego.

Era nuevo allí, había llegado a la nueva escuela en Arkángel hacía apenas una semana, y tenía que aprender el juego.
Si bien es cierto que su piel no delataba mucha diferencia para con el resto de sus nuevos compañeros, también lo era el hecho de que su pelo era completamente como el de su padre, blanco como la nieve.
Cuando preguntó acerca de aquello a sus progenitores estos le respondieron que era porque su padre era de etnia daevar, y que de donde era su padre había muchos de ellos.
Eso solo traía más preguntas que respuestas ya que Silas no era oriundo de Togarini, sino de la costera ciudad de Cedonia, en el principado de Bellafonte, pero para colmo tenía una madre que era abelense, y, de hecho, en sus tierras se encontraban ahora por cuestiones de trabajo del padre de Silas, Franz Roth. Si a todo lo anterior le unimos que Silas tenía seis años, tenemos que seguía sin comprender porqué estaban en aquella ciudad que le era tan ajena y extraña.

Los tres chicos casi habían acabado el trabajo por aquella mañana, solo quedaba el último golpe a la cacería. Habían acorralado a Aleron, el gordito chico de su clase, Marcus era quien se dedicaba a pegarle empujones para apremiarle en la entrega de la comida que tenía Aleron como almuerzo, mientras que los otros dos, Silas no recordaba sus nombres, se limitaban a gritarle insultos. Fue casi al final, cuando, habiendo conseguido el premio se marchaban para disfrutar del botín, cuando Silas aprendió el juego. Ninguno de los otros dos actuaba jamás antes que su “líder”, por tanto si algo le pasaba a Marcus, los otros dos se acobardarían. Silas sabía que a no mucho tardar irían a por el, que su pelo le hacía un objetivo tan llamativo como el mismo Aleron, así que decidió elegir cuando sería el enfrentamiento. Apenas quedaba medio minuto para que el reloj del centro marcara las 11:15, entonces sonaría la campana y tendrían que volver al aula, así que Silas corrió, hizo como que tropezaba con el grandullón Marcus, y el choque que provocó hizo que a éste se le cayera el bizcocho que se estaba comiendo, al suelo.
Cuando se incorporó agarró a Silas por el cuello de la camisa, y casi escupiéndole trozos de comida al hablar le dijo:
-Maldito... pelo de nieve...- la capacidad inventiva de un niño matón de seis años era realmente limitada.- te vas a enterar.
En ese momento sonó la campana que marcaba el fin del primer espacio de recreo de los niños.
-Por ahora te salvas, pero ya nos veremos en el segundo recreo, pelo nieve.
Acto seguido lo tiró al suelo de un empellón, desde allí Silas pudo ver la cara de Aleron, éste parecía compadecerse del destino que le esperaba al nuevo, pero Silas sonreía.

El sabía que dominaba el juego.

Las horas de clase pasaron aburridas y monótonas, Silas no podía hacer más que pensar en lo que estaba apunto de pasar, tenía confianza en sí mismo, pero también sabía que se enfrentaba a alguien que era mucho más grande que el, y sobre todo que, si fallaba, le haría imposible la vida. Después de un rato de cavilaciones se decidió a seguir adelante con lo que tenía previsto, las dudas solo conseguirían disminuir su determinación, y eso haría que a la hora de la verdad se moviera más lento, y eso no podía ocurrir.
Después de la comida, en el segundo recreo, Silas esperaba en el patio a que aparecieran los tres matones, y no le defraudaron. Se colocaron en torno a el, con Marcus enfrente, como Silas había supuesto. Empezaron insultándole y gritándole extranjero, casi era el momento. Cuando el belliano entrevió por el rabillo del ojo que Marcus le iba a empujar supo que era el momento. Si le impactaba, los otros dos copiarían al grandullón y ya no habría forma de volver atrás. Era el momento de actuar.
Como sabía qué esperaba Silas estaba preparado, dirigió rapidísimamente una patada con todas sus fuerzas a la entrepierna de Marcus. Cuando le golpeó éste cesó inmediatamente el ataque, profirió un agudo chillido quejumbroso y se tiró al suelo cuan largo era, el efecto colateral fue que sus dos compinches inmediatamente dieron un paso atrás, y tras recobrarse de su impresión se fueron a auxiliar a su líder caído.
Silas sabía cómo continuar. Sabía que lo que acababa de hacer solo le ganaría la batalla, que mañana, o al siguiente día, todos se juntarían y entonces no habría preliminares, sino que se lanzarían contra el directamente. No podía permitirlo, tenía que vencer, no solo la batalla, sino también dar por terminada la guerra.
Solo había una forma de conseguirlo.
Golpear al enemigo caído iba contra todas las reglas habidas y por haber del patio del colegio. Era un acto de cobardía, más aún, de brutalidad, era considerado un ataque más propio de animales y bestias que de ciudadanos con derechos. Por consiguiente Silas pateó en el estómago a Marcus, quien todavía se sujetaba con ambas manos la entrepierna.
El grito que profirió hizo que todos se alarmaran. Los colegas del caído se separaron unos pasos, no querían que el asunto les, literalmente, salpicara, y es que, mientras les miraba fijamente, Silas sonrió y con todas sus fuerzas propinó una patada contra la cara de Marcus, quien, no hace falta ni decirlo, sangró como un cochino.

Se marchó mientras escuchaba los gritos de los amigos de Marcus. Bajo los gritos, casi inaudible, se podía oír la sinfonía de la victoria, se escuchaba el leve lloriqueo quejumbroso del enemigo vencido.

Si, definitivamente Silas dominaba el juego.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 10:59 pm

Al terminar las clases Silas se dirigió a su nueva casa, aunque, debido al tamaño de ésta, era casi más una mansión que otra cosa, y es que, hasta donde comprendía Silas, el trabajo que tenía su padre era muy importante y conllevaba vivir en casas grandes, pero no sabía qué se suponía que era lo que hacía un embajador para merecer eso, por supuesto ni siquiera comprendía lo que significaba la palabra embajador, pero había escuchado a mucha gente, de visita en su casa, referirse a su padre como “señor embajador”.
Al llegar Silas sabía más o menos lo que se iba a encontrar. Estaba casi seguro que mientras a el le reprendían en el despacho del director del centro, algún mensajero había ido hasta su casa y habría informado a su madre, y ésta se lo habría dicho a su padre y para cuando llegara Silas a su casa ya tendría todo el problema encima.

Ojala hubiera sido solo eso, pensaría el muchacho más tarde.

Su madre le recibió ciertamente seria, y le pidió que se uniera a ella en el salón, cuando ambos estuvieron sentados las lágrimas estallaron en los ojos de ella tras darle la noticia de que su padre había muerto.


En aquel momento no fue consciente de la magnitud de lo ocurrido. Solo de que su padre había pasado de “ser” a “fue”.A sus seis años Silas era demasiado pequeño para comprender el desgarrador dolor que su madre sufría, solo comprendía que su padre ya no volvería, ya no estaría con ellos, no le regañaría o le animaría. El pequeño no concebía como pasar de un tiempo verbal a otro podía ocasionar tal dolor.
A los pocos días tuvieron que abandonar la casa, al fin y al cabo, la casa era propiedad del principado de Togarini ya que era la embajada de la Alianza Azur en tierras del Sacrosanto Imperio. En vez de marcharse de nuevo al sur, Maris, la madre de Silas, decidió que sería bueno pasar una temporada con los abuelos allí en Arkángel, al fin y al cabo acababan de llegar a la ciudad y tampoco quería traumatizar al chico con tanto cambio.
Fue una época dura para Silas, no solo porque con el tiempo fue comprendiendo mejor lo que significaba perder a un ser querido, sino también porque le costó mucho hacerse a la vida en la casa de sus abuelos. Éstos eran mayores, tenían la piel muy arrugada y el pelo blanco completamente, pero no era un blanco como el de su propio pelo, sino, más bien, que era como un gris ceniciento, Silas siempre pensaba que era como si el pelo de sus abuelos estuviera enfermo. ¿Cómo podía ser que estas personas tan mayores siguieran vivas y su padre, un hombre sano y fuerte hubiera muerto? Definitivamente no lo comprendía, pero sentía que no era buena idea preguntárselo directamente a su madre.

El tiempo siguió inexorablemente su curso. El muchacho fue creciendo año tras año y se hizo completamente a la vida en Arkángel hasta tal punto que olvidó cualquier vida anterior. Las cosas se habían mantenido más o menos igual, a decir verdad, había habido multitud de pequeños cambios, pero estos habían sido tan graduales que el joven no se había ido percatando de ellos. Los abuelos seguían más o menos como siempre, y es que parecía que, llegada a una edad, ya uno apenas cambiaba externamente, da igual los años que pasaran. Sin embargo su madre sí que había cambiado, es cierto que ya no guardaba ese halo de tristeza que siempre la acompañaba en los años posteriores a la muerte de su padre, pero su tersa piel se había ido plegando, su pelo había ido perdiendo color, y sobre todo, había perdido para siempre parte de la alegría que la caracterizaba cuando Franz vivía.
Por supuesto el que más cambió con los años fue Silas. Había pasado de ser un pequeño muchacho a ser un bien formado joven, si bien era cierto que tampoco tenía cuerpo de atleta, también lo era que se conservaba en buena forma, tenía una cuidada melena blanca de la que se sentía orgulloso y unos ojos negros que brillaban con la energía de la juventud. Aunque no era en el aspecto físico en el que más había cambiado, Silas se había vuelto muy reservado en algunos aspectos, rara vez decía lo que pensaba a nadie y no era fácil verle con amistades. Prefería la soledad y los libros a soportar, lo que para el eran, “estupideces de los compañeros”. También se había vuelto sumamente perspicaz, y aunque no quería preguntar directamente a su madre, sabía que el día de preguntar acerca de lo que le pasó a su padre se acercaba. La muerte de su progenitor le había caído de forma distinta, ahora sabía que había pasado algo, que no era normal que se guardara tanto secretismo acerca de un fallecimiento, también sabía que su padre había sido un importante funcionario público, y que su muerte estaría rodeada de un complejo entramado político que convertiría, el investigar sobre su muerte, en un tema inconveniente a distintos niveles.
Pero por encima de todo, Silas era consciente de que aquella muerte les había cambiado la vida para siempre, que había trastornado la vida de su familia, y de que el día de poner las cosas en su sitio se acercaba.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:00 pm

Posiblemente, entre los hechos más destacables que ocurrieron durante el año siguiente, de los primeros estaría el día en que le llegó la carta.
La encontró encima de su escritorio cuando volvió de las clases, había seguido yendo al mismo colegio a pesar de que era de pago ya que el gobierno de Togarini se había hecho cargo de alguno de los gastos tras la muerte del embajador.
Era una carta que se anunciaba particular. El sobre estaba especialmente cuidado y su tacto remarcaba la calidad del papel usado para fabricarlo, también era particular el color, ya que tenía una levísima tonalidad azul, pero que, puesto el sobre ante la adecuada luz se podía apreciar. Como destinatario aparecía directamente el, nada de “Para la familia Roth”, y como información del remitente solo había un sello de cera, grabado en ella estaba la inconfundible línea bajo la cual había una estrella, la bandera de Togarini.
Casi le costó romper el sello debido a la tensión del momento, cuando lo hizo extrajo a continuación la carta que contenía. Era un único folio, estaba tintado de un azul mucho más intenso que el del sobre, pero lejos de hacer incómoda la lectura, a Silas le pareció que la hacía incluso más cómoda.
La carta decía lo siguiente:

“A la atención de Silas Roth

Con la presente queda usted notificado de que, habiendo cumplido la mayoría de edad, y siendo efectiva su nacionalidad como belliano, y por tanto, miembro de la alianza, debe ingresar en el curso de carácter OBLIGATORIO en las fuerzas armadas aliadas.
Deberá permanecer un plazo no inferior a NUEVE meses en el cuartel de instrucción de Wilkend, donde será adiestrado para servir a la patria.
A tales efectos se le requiere para que se presente en un plazo no superior a 30 días hábiles empezando a partir de la llegada de esta carta.

Contra esta carta podrá interponer un recurso según el IV capítulo Códice I.


Atentamente la dirección del centro Wilkend”

Curiosamente, debajo de dichas líneas, casi al final del folio, y en una caligrafía completamente distinta ponía:

“ P.D. Si vienes te contaré la verdad sobre la muerte de tu padre.”


El joven Silas no necesitó leer la extraña postdata para sentirse intrigado. ¿Qué querría de el un país del que era parte, pero que no le podía ser más lejano?
Durante horas Silas se quedó sentado mirando fijamente la carta. Era la posibilidad de encontrar algo más allá en esta vida, la carta representaba el cambio y las respuestas, pero también encarnaba las responsabilidades y abrir la puerta de par en par a la vida de adulto. Por otra parte ¿Qué pasaría si, simplemente, rompía la carta? ¿Vendrían a por el gente uniformada en carro oficial? Por mucho que quisiera eludir la verdadera pregunta siempre estaba allí, acallando los peros y acrecentando los pros, esa pregunta solamente podía ser “¿Quién mató a mi padre?”

Durante un rato siguió pensando, pero en su fuero interno sabía que la decisión estaba tomada, que siempre lo había estado, que la tomó en el preciso momento de remover el sello y abrir la carta.

Iría a Togarini. Descubriría la verdad.

Durante la cena su madre le preguntó por la carta, aunque su voz traslucía un hilo de impaciencia y nerviosismo, ella intentó preguntarlo de forma casual, como si el tema tratase sobre una notificación cualquier de la escuela. Entonces Silas le contó que era del ejército de Azur, que le llamaban al servicio y que él iba a ir. Le dijo que necesitaba un cambio y que no quería estar siempre en el mismo lugar, y también que quería conocer las raíces de su familia. Le dijo muchas cosas, todas ellas ciertas, pero no le dijo la razón fundamental, quería descubrir qué había pasado con su padre.

Apenas tres días fue lo que tardó en marcharse, necesitó hacer acopio de provisiones y dar una última despedida a todo aquello que había constituido su vida hasta aquel día. Llegada la fecha de salida se unió a una caravana que también se dirigía hacia el sur.
Descendieron por la parte del río Zafir que conduce hasta Urin y desde allí, un día de camino hasta Tharsis, en donde enfilaron la parte más pesada del camino, bordear las tierras de la Tormenta hasta Seyher. Un paso más y estarían en tierras de la Alianza.

En la última ciudad, Seyher fue donde la caravana terminó, los que quisieran viajar hasta las tierras de Togarini se tendrían que buscar otra forma. A pesar de la tensión que se podía mascar entre los dos países aún había comercio, así que tampoco le extrañó al joven Silas ver que varias caravanas se improvisaban para seguir viajando al sur, y es que la gente siempre prefiere viajar con más personas por miedo a algún incidente.

Para sorpresa de Silas el panorama no cambió completamente al entrar en aquellas tierras, el cielo no se oscureció, ni aparecieron nubes de tormenta que con su ominosa presencia presagiarían terribles desgracias. Simplemente tuvieron que pasar el control fronterizo, desde luego, con su pelo y su carta, más su pasaporte no tuvo el menor de los problemas en pasar. Eso sí, era evidente que la mayoría de la gente tenía que pasar por graves controles para poder alcanzar el país de Gaul. Los guardias fronterizos les hacían ponerse a todos en cola, examinaban cuidadosamente tanto equipajes como posibles mercancías, y si algún producto entraba dentro de la lista de dudosos se confiscaba. Mucho peor era cuando alguien intentaba pasar con algún tipo de arma, a estos les hacían entrar en la oficina del teniente de turno, se les exigía algún tipo de identificación que explicara el porqué portaba un arma letal, y más le valía poder contestarla, porque sino, como pudo ver Silas que la pasaba a cierto desgraciado, era metido en calabozo provisionalmente con el cargo de espía y quedaba pendiente de un juicio sumarísimo.

Allí, en la frontera entre el sacrosanto Imperio y la Alianza Azur era donde mejor se vivía la tensión entre aquellos dos países.

Uno de los guardias, ataviado con la armadura ligera correspondiente y una capa oscura con líneas rojas en los bordes, informó amablemente a Silas dónde podía encontrar un grupo de cadetes que partían en escasas horas hacia el mismo fuerte al que se dirigía Silas. Como todavía le quedaba tiempo el joven aprovechó para hablar con el cabo y enterarse de cómo era la realidad en la frontera y en el ejército.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:00 pm

El viaje hasta el cuartel de Wilkend trascurrió sin problemas, claro, ¿quien sería tan loco como para poder querer causar el menor problema a un carro hasta arriba de militares?

Llegaron finalmente a la ciudad de Wilkend, último paso antes de entrar en el cuartel, donde pasaría los siguientes nueve meses de su vida.
La ciudad de Wilkend constituía la máxima expresión, con perdón del principado de Remo, de la determinación de los ciudadanos de la Alianza. Era un pueblo que había pasado por graves penurias y que había recibido poco, pero a pesar de ello ahí se mantenían, respondían a las calamidades redoblando el trabajo y por ello se les encargó la noble tarea de proveer de armas al ejército. Consecuencia de todo esto fue que la ciudad se llenó de fraguas y herrerías, por doquier se escuchaba el rítmico sonido del martillo contra el yunque. Aquellas gentes sabían que la guerra llegaría y también sabían que en sus manos estaba el que sus muchachos fueran el día de mañana al campo de batalla con el mejor armamento posible.
Pasaron la noche en aquella ciudad, Silas estaba sorprendido por el cálido trato que daba la gente de aquella ciudad a los militares, futuros militares para ser más exactos. Invitaron a los jóvenes reclutas a cerveza tras la cena y les hicieron todo tipo de sugerencias para que hicieran su vida más cómoda en el cuartel, por supuesto no faltaron las recomendaciones sobre las conveniencias de disfrutar de las compañías de una buena joven antes de pasarse los siguientes meses en clausura. Silas, como los otros compañeros, no desoyeron ninguno de los consejos, en especial el último, el cual, con abundante cerveza en el cuerpo, se apremiaron a dar cumplimiento.

A la mañana temprano, antes incluso de la salida del sol ya estaban montados y preparados. Apenas tardarían dos horas hasta llegar al fuerte Wilkend.
El fuerte se componía de una serie de edificios, protegidos por una muralla. Había campos de entrenamiento y cerca de la puerta estaba la caballeriza, donde debía haber, al menos, una veintena o más de caballos.
Se les enseñó el barracón correspondiente y se les proveyó de ropa militar, todos sus bienes fueron confiscados, excepto algunos de materia religiosa. Se procedió a la lectura del que sería el horario diario, y acto seguido se les presentó al encargado de aquel barracón, el sargento Arnold Mauser. El sargento tenía cara de pocos amigos, parte de culpa de que su aspecto diera esa impresión era la cicatriz que le llegaba desde el labio inferior hasta el mentón. Por lo demás era un hombre completamente en forma, Silas estaba seguro de que muchos hombres mucho más jóvenes ya quisieran para si tener el cuerpo que tenía aquel hombre a sus, aproximadamente, cuarenta y cinco años.
El sargento Mauser dio una vuelta por el barracón mirando a los nuevos reclutas, su cara expresaba su decepción salvo en algún que otro caso, pero con Silas tocó fondo. El joven no había tocado un arma en su vida, ni siquiera había jugado al “ataque a la fortaleza” con los chicos de su colegio, de hecho, era más bien delgado, que no escuchimizado, y estaba más acostumbrado a levantar sus libros que coger cualquier arma.

Le gritó, le escupió, le ridiculizó.
Nada de esto le importó a Silas, sabía que acababa de entrar en otro juego, y que lo primero era siempre observar el juego.
El tiempo en el fuerte pasaba de forma lenta pero automática. Al cabo de una semana todos actuaban como una unidad, de forma inmediata, casi sin pensar. Todos menos Silas. En las marchas siempre tendía a quedarse rezagado y siempre era el primero en ser vencido en las clases de esgrima, donde, según las palabras del teniente Emil, encargado del entrenamiento del segundo batallón, “Silas es el claro exponente del mal que puede causar la vida sedentaria en un país de débiles incluso a gente de la raza más noble.”
Si bien era cierto que hacía tímidos progresos estos no bastaban para llegar al nivel de la gente de su grupo, así, un día, cansado hasta la saciedad de la vida militar, y sobre todo, del sargento Mauser, un hombre que le detestaba por ser un mestizo, por tener la piel más clara de lo que debería corresponder a un verdadero miembro de la etnia daevar. Silas decidió que ya sabía lo suficiente sobre como funcionaba el juego.
Era muy consciente de que el coronel tenía terribles ganas de darle una paliza, simplemente por ser lo que era, y que solo necesitaba un pequeño empujón para hacerlo. En estas circunstancias, Silas, a quien le tocaba limpiar las letrinas, decidió rellenar uno de los cubos con todo el desecho de la tropa, lo llevó hasta el patio, donde el sargento supervisaba las flexiones de sus compañeros, y acto seguido le vació toda la mierda de la tropa encima al sargento Mauser. “Llegados a este punto-pensó Silas- ¿para que andarse con medias tintas?”
Ante la sorpresa el sargento cayó resbalando con toda la porquería. Silas sabía que tenía poco tiempo, que el general se levantaría y que no iría a por un correctivo, sino a matarle. Por todo ello Silas sabía que debía concentrarse, con todas sus fuerzas intentó averiguar cual sería el movimiento de aquel mastodonte, por cómo le había visto actuar intuía que iría a darle un puñetazo con el puño derecho y que iría a la cabeza, así calculó que debía dar un paso atrás en el momento preciso y contraatacar con un puñetazo en las costillas.
El sargento Mauser, se dirigió, exhalando ira homicida por sus ojos, hacia el soldado Roth, y con la práctica que el duro entrenamiento da día tras día, con la sabiduría adquirida en el campo de batalla, le propinó una espantosa patada en la boca del estómago al chaval, éste cayó de pleno, con las manos aferrando su estómago con miedo de que la patada le hubiera desgarrado los órganos internos de lo fuerte que había sido, y una vez que tocó tierra con todo su cuerpo sintió que le elevaban, Mauser le había agarrado y le había levantado por encima de su cabeza con la misma facilidad como si levantara una bandeja de comida, acto seguido le lanzó contra uno de los muros del edificio, contra el cual impactó dolorosamente Silas, quien ahora sí, tenía la certeza de que al menos se había roto una costilla y una pierna. Pero mientras Silas luchaba por seguir llevando aire a sus pulmones, el monstruo Mauser se acercaba lentamente para acabar el trabajo.

Con la espalda apoyada en la pared y el trasero en el suelo, Silas sintió que moriría, que esta vez se había pasado de listo, que no era comparable el vencer a un niño de seis años en la escuela que vencer a un veterano de guerra. Sintió el fracaso de no haber completado la búsqueda de su vida, sintió los ojos de su padre mirándole desde más allá de su tumba, recriminándole no haber sabido hacer lo necesario. Gracias a esto último Silas lo comprendió. Las circunstancias estaban en su contra, pero todavía debía haber algo que pudiera hacer. Se concentró con todas sus fuerzas, debía parar a aquel gigante, no podía permitir que se siguiera acercando. Se concentró debía poder hacer algo…
El sargento llegó hasta donde estaba, Silas y levantó el pie para aplastarle la cabeza contra la pared.
-Ahora muere, como la mosca insignificante que eres.- le dijo.
Silas se concentró, la adrenalina de repente fluyó por todo su cuerpo, y por primera vez en la vida lo sintió.
No había nada más poderoso en el mundo que la ígnea voluntad.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:01 pm

Y con ella paró al gigante.

El sargento sintió que no podía golpear nada, que su pierna no se podía mover hacia el muchacho que el quería triturar. Y en un segundo sintió que su otra pierna dejaba de tocar tierra, en décimas de segundo algo le empujó con más fuerza de la que él tenía y le arrastró siete metros hacia atrás.

A partir de eso, en menos de medio minuto, todo aquello se llenó de gente, los reclutas fueron llevados hasta su barracón, y el sargento a la enfermería, después de una obligada visita a las duchas.
Silas fue llevado a los calabozos por tiempo indefinido, los cargos que se presentaban era insubordinación y traición al estado. Todo ello agravado por su condición de militar.

Al quinto día de confinamiento, sin casi, haber comido nada. Fue llamado a presencia del capitán del cuartel. Dos cabos le guiaron hacia el despacho del cuartel, el cual estaba en el edificio que correspondía a la comandancia, y por fortuna, tuvo la suerte de no encontrarse en el camino al sargento.
Cuando abrieron la puerta los soldados se quedaron a la espera, hasta que se les dijo que esperaran fuera.
El despacho era todo lo que se podía esperar de un digno capitán de la Alianza Azur. Grande, bien amueblado, con mesas y sillas de madera de alta calidad, tapices con la bandera de Togarini y de la Alianza y un pequeño retrato del líder del ejercito, el arconte supremo, Matthew Gaul.
El hombre que Silas tenía ante el era un hombre que rondaba los cincuenta y muchos años, vestía con orgullo el uniforme militar, pero algo en sus ojos grises demostraba su incipiente cansancio, quizás el desgaste de la tensión prebélica. Tenía una cuidada barba, y justo enfrente de sus ojos, llevaba uno de esos aparatos correctores de la visión, que tan famosos se estaban haciendo por todos los principados civilizados de Gaïa, unas gafas.
Tras retirar a los cabos de primera, hizo sentarse a Silas en una de las sillas de la parte dispuesta para las reuniones dentro del despacho, mientras el, se acercaba a un pequeño mueble de madera y extraía una botella con un líquido de color caoba y dos vasos de cristal.
Se sentó enfrente de Silas en uno de los sillones mientras servía el licor.

-Me alegro mucho de verte, Silas Roth.-empezó diciendo. Desde luego no era lo que Silas se esperaba pero dejó que el capitán siguiera hablando.-Fui yo quien te hizo llamar cuando estabas con tu familia en Arkángel, pensé que a tu edad ya tendrías dudas acerca del fallecimiento de tu padre, que, siendo hijo de quien eres, no te creerías las burdas mentiras, que, eso si, con todo el cariño del mundo, tu madre te hubiera contado para hacerte más fácil el trago.
El coronel calló para ver el efecto que tenían sus palabras en el muchacho. Le acercó el vaso de licor, y el se llevó el suyo a la boca.
-Usted conocía a mi padre, supongo.
-Efectivamente. Nos conocimos aquí, en este mismo cuartel, tu padre y yo compartimos los nueve meses de entrenamiento, luego, cada uno se dirigió a una rama distinta.
-Pero... mi padre era un embajador, un civil que trabajaba para el estado, no un militar. Sé bien la diferencia.
-No hijo, la historia de tu padre es mucho más compleja de lo que te han hecho creer.- en ese momento le pasó una carpeta llena de folios- toma eso, léelo con calma, y luego, cuando lo hayas leído, volveremos hablar.
Tengo algo que proponerte…
Silas fue llevado de nuevo a calabozos, se le llevó toda una bandeja de la comida que se servía en los comedores, y con ella venía una pequeña lámpara de aceite.
A pesar del hambre, Silas apenas pudo comer algo, estaba demasiado nervioso por lo que podía encontrar en aquella carpeta. Lo que allí hubiera podía destruir toda la farsa que había sido su vida, pero le mostraría la verdad de lo ocurrido a su padre.
Abrió la carpeta y leyó con avidez el contenido, que parecían ser informes y documentos oficiales, la mayoría acerca de cierta operación llamada “Barracuda”.

Según aquello su padre había entrenado allí, de hecho venía hasta el mismo impreso que rellenó para hacer el ingreso, firmado de su puño y letra, estuvo allí los nueves meses que ordenaba el reglamento. Después de aquello se especializó en inteligencia y operaciones. Tras ello, fue promovido a la sección de Inteligencia, tras cuatro años allí, en el 87, se fundó el grupo operativo Schwarzer.
987, aquella fecha resonaba con fuerza en la cabeza de Silas, ¿Qué ocurrió? La respuesta irrumpió con fuerza en su cabeza. ¡La devastación de Remo! El principado de Remo fue arrasado por fuerzas imperiales al mando de la Suma Arzobispo Eljared. Según aquellos papeles el grupo operativo Schwarzer se formó dos meses después de aquello, el grupo estaba capitaneado por Franz Roth, su padre, dentro había cuatro miembros más, entre ellos, Werner Adler, el actual capitán del fuerte de Wilken. Al parecer habían reunido a gente con capacidades extraordinarias por todo el territorio de la Alianza, y con los mejores habían reunido aquel equipo. Según aquello, su padre tenía la capacidad de influir en las mentes de los demás de una forma increíble, podía hacer que los hijos mataran a sus padres con un solo murmullo. Sobre las “capacidades” de los demás miembros no venía nada.
Los informes mostraban que Schwarzer tenía misiones en diversos principados, sobre todo en Abel, aunque también tenía algunos contratos de cooperación con Lucrecio, pero de naturaleza desconocida, aquello no aparecía en los informes. También decían que aparte de los cinco miembros operativos, aquello estaba comandado por un Árbitro de la Alianza, pero su nombre no aparecía en ninguna parte.
Después de dos años, el líder, Franz Roth, se ofreció voluntario para una misión de infiltración en territorio enemigo, llamada Barracuda. Se haría pasar por embajador para obtener información y enviarla a la sede de la organización en Togarini…
Toda la información se agolpaba en la cabeza de Silas, quien apenas podía asimilarla.
Básicamente todo lo que había creído de su familia era una farsa, era una operación militar…
Pero al seguir leyendo descubrió la verdadera causa de la muerte de su padre. Fue asesinado por tropas secretas fieles al imperio. En lugar de hacerle un juicio, lo agarraron por la calle y lo asfixiaron…

Silas no pegó ojo en toda la noche. A la mañana siguiente le llevaron ante el capitán de nuevo.
Silas le devolvió el dossier, y el capitán le informó de su nuevo plan. Necesitaban gente capaz y preparada, gente que pudiera llegar lejos con pocos recursos, y sobre todo, que tuvieran dones especiales. El capitán Adler le dijo que sospechaba que los poderes eran hereditarios y que el enfrentamiento contra el sargento había sido lo que necesitaba para despertarlos.
El capitán le ofreció adiestramiento durante un mínimo de tres años, una vez hecho sería un operativo preparado.
Silas solo puso una condición.


Que su primera misión al terminar fuera en Abel…

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:01 pm

Tras completar los nueve meses que le quedaban en el cuartel de Wilkend, cuando ya tenía los quince años, fue trasladado a la central de inteligencia del ejército en Kaine, la capital de Togarini.
Allí Silas fue duramente adiestrado durante tres años. Le enseñaron espionaje y contraespionaje, le enseñaron cómo fabricar una personalidad falsa y cómo hacerla creíble así como falsificación de documentos.
Le inculcaron el doble pensar, la capacidad para saber y olvidar lo sabido con la misma facilidad, para poder centrarse en su falsa identidad pero sin olvidar quien es en realidad.
En secreto Silas entrenaba sus capacidades. Ahora era capaz de mover cosas, incluso de cierto peso a plena voluntad y no tenía que concentrarse tanto en ello.
También le enseñaron que un buen espía debe permanecer en el terreno durante mucho tiempo, debe aclimatarse y hacerse allí una vida, debe tener, o mejor dicho, su identidad falsa debe tener, amigos, relaciones, un trabajo, en definitiva, una vida completa, incluso una personalidad completamente diferente a la del agente.

Pasado el entrenamiento Silas fue mandado a Abel.
Partió con solo una bolsa que contenía diez coronas, y con dos de ellas compró los útiles necesarios para falsificar una carta de admisión a la universidad de estudios jurídicos de Arkángel.
Su nuevo yo se llamaba Virgil Durand, era nativo de Arkángel, aunque había estado viviendo fuera durante unos años, sus padres eran Cassius y Mari Durand. Tenía dieciocho años y acababa de ingresar en la prestigiosa universidad de Arkángel.
Silas sabía que debía hacerse a la vida allí y que más tarde le llegarían las órdenes, mientras tanto trabajaría para averiguar quien había ordenado la muerte de su padre.



Transcurrieron tres años más.

Imagínese una habitación.
El contenido de esta, así como cualquier tipo de decoración son del todo irrelevantes.
En dicha habitación se produce una reunión de dos personas, éstas no hablan, sino que se comunican mediante el pensamiento y lo acompañan de leves gesto.
Si se intentara describir lo que allí pasaba con el máximo de fidelidad se perdería el verdadero sentido de la conversación, así que para comodidad de la lectura se hará, lo que podría ser una acertada aproximación a cómo sería la “conversación” si las partes fueran normales.
-Ya no nos podemos retrasar más.
-Lo sé, y aun así…
-El plan del maestro nos enseña que si seguimos retrasando la intervención las posibilidades de que el plan fracase serán…
-Superiores al 83,5% Lo sé. Todos los sabemos. Y aun así…
-¿Temes que el muchacho no este a la altura?
-Lo que temo es que nos precipitemos y que destruyamos su mente, si eso ocurriera seríamos nosotros los que presentaríamos el fracaso ante Él.
-Entonces con una sutil invitación debería bastar.
-Posiblemente. Encárgaselo a un agente de tu confianza.
-De acuerdo.
-Y recuerda. Debe viajar por su propia voluntad a Togarini. Sino no nos servirá de nada…

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:01 pm

Virgil Durand celebraba su vigésimo primer cumpleaños y su licenciatura al mismo tiempo.
Se había reunido con sus amistades para irse de parranda a celebrar y ya mañana se preocuparía de cómo se levantaría para empezar su trabajo en el despacho Weiss y Straton.
Gracias a un generoso adelanto de su sueldo en el despacho, había podido reservar un salón en la “cochina de oro”, un famoso local que sobresalía por su buena cerveza y por la calidad de sus chicas, aunque el precio de éstas fuera elevado.
Aquella noche se bebió en exceso, se celebró hasta la saciedad y se fornicó en su justa medida.
A la mañana siguiente, Virgil se encontró removiendo dos huevos en un vaso y mezclándolo con leche, tras beberse tal mejunje se vistió y marchó hacia el despacho. Sabía que llegaba tarde, y las ojeras no harían sino testificar que ayer se pasó, pero qué diablos, era su cumpleaños.
Tras una breve charla, y aguantar más chistes de lo que le apetecía sobre su fiesta de ayer, Virgil tomó asiento en su propio despacho y se preparó, pues le habían citado con una cliente que debía estar al llegar.
En las dos horas que tardó la mujer en llegar, al nuevo letrado le había dado tiempo a tomarse dos cafés, y a conseguir una cita para aquella noche con la chica de la cafetería de enfrente.
Tanya Shanin, su primera cliente. Era increíblemente bella, llevaba el pelo ondulado y recogido a la altura de los hombros, tenía los labios pintados de color rojo y tenía una increíble mirada desde sus perfectos ojos azules.
A Virgil casi le costaba hacerle más caso a ella que a su sugerente escote.
Después de dejarle unos cuantos nombres y explicarle el caso se marchó, eso sí, el letrado le dijo que se pondría en contacto con ella cuando supiera algo.
Le traía un caso un tanto aburrido para ser su primera cliente. Se trataba de la problemática en torno a la herencia de un tío suyo, resulta que según parece dicho familiar murió un 13 de Abril de hacía quince años, pero según una información que tenía ella lo hizo un día después en otro lugar del decretado como oficial.
La importancia con el derecho estribaba en que el hijo de la cliente nació el 14 de Abril, y por tanto ya sería digno heredero si la muerte se producía el 15 o incluso el mismo 14, pero no si realmente falleció el 13.
El letrado decidió tomarse un café más y partir hacia el registro civil.
Allí pidió al funcionario de turno que le diera el certificado de defunción de aquel señor, Mathius Holin que se llamaba. Parecía correcto que había fallecido el 13, pero la señora le mostró un recorte de la gaceta de Arkángel donde se hablaba la noticia de una pequeña reyerta, parecía que habían muerto varias personas la misma noche. No había leído a fondo la noticia, así que se paró en un banco y leyó.
Y una parte de el convulsionó.
Aquellos hechos correspondían con la fecha en que su padre había sido asesinado por gente del Imperio, si seguía bien la pista de aquel caso podría llegar a los que dieron la orden de matar a su padre.
Decidió marchar hacia uno de los puestos de guardia, y preguntó por los guardias que habían estado de servicio aquella noche, lamentablemente nadie de allí conocía a los agentes de hacía quince años, de hecho, la mayoría o se habían retirado hacía años o habían muerto. Frustrado marchó al edificio donde tenía su sede la gaceta de Arkángel, tras pasar por la planta de las imprentas se dirigió al director. Las amenazas corrieron por boca del abogado, quien terminó por convencer al veterano director de que, no darle el permiso para investigar la fuente que había servido al periodista para escribir el artículo era casi traición, ya que también se había visto envuelto en el caso un embajador extranjero.
Finalmente tuvo acceso a los ficheros donde guardaban la información relativa a los casos. Después de vagabundear buscando el archivo correspondiente al año de la muerte de su padre, lo encontró debajo de lo que debía ser, como media tonelada de polvo.
Los papeles estaban ajados pero la escritura era legible, tras media hora leyendo encontró un nombre, cabo de primera Weber. En una ficha adjunta encontró la dirección de aquel hombre y marchó hacia allá con la esperanza de que siguiera vivo.
Tardó bastante en encontrar la calle, ya que el nombre de varias calles de la zona había cambiado hacía seis años. Cuando llamó a la puerta y le abrió un anciano, casi tartamudeó al preguntar si se trataba del cabo de primera Weber. Tras reír y responder que al final ascendió a teniente le invitó a pasar a la casa.
Pasaron como media hora de tanteo hasta que Virgil se atrevió a preguntarle por el caso. Weber, puso cara de circunstancias y empezó a relatar lo que recordaba de la historia.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:01 pm

-Era cerca de la una de la madrugada del 14 de Abril, hacía una noche agradable, el tiempo había mejorado últimamente, aunque recuerdo que aquella noche soplaba un aire frío. Mi compañero de guardia, Garrison, y yo, nos encontrábamos haciendo nuestra guardia, acabábamos de hacer ronda en el burgo de los cuchilleros y nos dirigíamos al barrio alto de la ciudad. Cuando nos aproximamos escuchamos gritos de hombres, salimos corriendo a la fuente pero cuando llegamos solo encontramos el cuerpo de un hombre muerto, me quedé observando la escena y le ordené a Garrison, por aquel entonces yo era cabo de primera y el solamente cabo, que corriera calle abajo para ver si encontraba algo. Desgraciadamente así fue, como a cien metros había otro cuerpo, parecía haber sido muerto por el mismo atacante.
>>Nos llevamos los cuerpos para el puesto de guardia e hice llamar a un buen amigo mío que por aquellos entonces ya era toda una personalidad en el estudio de la medicina. Le pedí que examinara los cuerpos ya que aquel caso me recordaba a otro, pero quería estar seguro.
>> Tras dos horas de investigación el doctor Ranier se reunió conmigo en uno de los despachos y me contó lo que yo más me temía. Efectivamente habían muerto por estrangulamiento. Esto no era nuevo, muchos grupos, sobre todo entre los gremios de ladrones se elige la cuerda de piano para asfixiar. Pero en este caso, había una señal de abrasión junto a la marca que dejaba la cuerda. Huelga decir que aquello era extremadamente raro. Ranier me dijo que no sabía cómo se podía conseguir aquello, pero que desde luego el asesino no era un tipo cualquiera. Yo ya lo sabía, no era la primera vez que veía aquellas marcas, también las había visto en un caso hacía cuatro meses en Hausser, en el principado de Ilmora.
>>Salvo que este caso tenía una gran diferencia con aquellos…
El antiguo cabo de primera Weber hizo una pausa, quizás para refrescar la memoria, quizás porque le dolía traer de vuelta aquellos recuerdos. Al otro lado del pequeño salón, un hombre que se hacía llamar Virgil esperaba expectante.
Tras beber un sorbo de un vaso de agua, el retirado teniente continuó:
-Como decía, me extrañó encontrar aquellas señales en el cuerpo de aquellos hombres. Uno de ellos era nuevo rico que se había enriquecido gracias a las apuestas, se llamaba Mathius Holer, o Holin, o algo parecido. Nunca creí que fuera el verdadero objetivo, de hecho, tapamos el asunto y certificamos que, aunque se lo encontró muerto el 14 lo mataron el 13, para evitar que la gente pudiera pensar que estaba metido en un asunto político. Lo que todos pensamos es que el objetivo era el otro, un embajador, y que el señor Mathius había sido cogido por el asesino cuando escapaba.
>>Como le decía, el objetivo principal había sido un embajador, de nombre Franz Roth, nunca olvidaré su nombre. Era embajador de Togarini en Arkángel y dejaba mujer e hijo. Lo que siempre me escamó del caso fue que, como le había dicho, ya había visto anteriormente ese tipo de asfixia tan particular, fue en Ilmora, pero la diferencia, y lo que hacía que este caso se me escapara, era que había sido en hombres fieles al Sacrosanto Imperio. En todos los casos se trataba de importantes militares, o consejeros, gente clave para los militares. Siempre pensamos que se trataba de algún tipo de asesino mandado por la Alianza, pero claro, sin pruebas no podíamos hacer nada.
>>Pero este caso… ¿Porqué demonios querría la gente de la Alianza terminar con uno de los suyos? Dirigí mis dudas a mi teniente, pero este ordenó dar carpetazo al caso. Se pidieron disculpas al gobierno de Togarini y la versión oficial se quedó en que le asesinaron para robarle. Los altos cargos no querían levantar más polvo con este caso ya que la política era la de no dar excusas, o más todavía después de lo de Remo, para una guerra abierta con la Alianza Azur.

Virgil, más Silas que Virgil. Salió casi tambaleándose de allí. ¿Qué demonios había pasado? ¿Fue alguien de la Alianza quien ordenó el asesinato de su padre? ¿Le habían hecho creer que había sido el imperio para que les robara información? ¿Habían engañado a su padre igual que a el?

Se marchó de allí directamente hacia su casa, tenía mucho en lo que pensar.
Pasó la noche inquieto, meditando. Sabía que debía descubrir la verdad de aquello, y también sabía ya las respuestas que obtendría si preguntaba de manera oficial al capitán Adler. Por tanto no le quedaba más remedio que obtenerlas de otra forma.

A la mañana siguiente empezó a trazar su nuevo plan.

Su nueva identidad se llamaría Koen Berg, sería padre de la Iglesia del corazón de Abel y sería oriundo de Togarini, más concretamente de Kaine. El color de su piel se lo deberá a sus progenitores, los cuales nunca conoció sino que creció en el orfanato de nuestra señora de la gracia en Kaine, y gracias a la educación que allí recibió, decidió pasarse el resto de su vida sirviendo a Cristo como sacerdote.
Tendría que trabajar en los papeles necesarios, su nuevo pasaporte, el registro de ordenación sacerdotal y demás.
Para esta nueva personalidad Silas eligió la de un sacerdote porque era muy consciente de que la Alianza estaba realizando grandes esfuerzos por ganarse las simpatías de El Dominio, y por tanto siempre tratarían bien a un sacerdote. Además, hacerse militar llamaría demasiado la atención, y la mentira tendría demasiado de verdad, pues el había sido, de hecho seguía siendo, militar.
Encargó un par de sotanas a un sastre local, y mientras, se encargó de falsificarse los documentos. Pasados tres días desde el comienzo de su nueva vida marchó de Arkángel.

El padre Koen pidió ayuda a la una de las Iglesias de Arkángel para poder partir hacia el sur, explicó que había llegado a la capital de Abel para llevar la última voluntad de un viejo parroquiano suyo en Togarini, y se excusó de no poder contar más del caso debido al inviolable secreto de la confesión. Amablemente le prestaron un caballo que debería dejar en una de las iglesias de Eytan, ya que le pidieron al padre que fuera para allá y entregara, de paso, unas cartas al sacerdote local. El buen padre, siempre dispuesto a ayudar así lo hizo.
Cuando después de tres días de viaje, por fin llegó a la ciudad, lo primero que hizo fue ir a la Iglesia y rezar un padre nuestro para agradecer haber llegado sano y salvo del viaje. Acto seguido se entrevistó con el padre Ausias, le dio las cartas y le comentó que buscaba ayuda para poder alcanzar Kaine. El padre Ausias le dijo que aquella noche cenaba con el señor de Eytan, Decaer Braum, y le invitó a que se uniera a ellos y le comentara a él sus problemas, ya que estaba seguro de que le ayudaría gustoso.
La cena trascurrió de maravilla y el señor de la ciudad le dio algo de dinero para su viaje, el padre Koen solo pidió lo estrictamente necesario para sus necesidades, y un caballo sano.
A la mañana siguiente partió hacia Seyher. Tras dos días de marcha forzada llegó a la ciudad. Allí descanso en una posada y dio el dinero que le había quedado como excedente de su viaje como donativo a la Iglesia local. Con lo poco que se guardó se tomó un café en una de las posadas locales. Mientras se lo tomaba saboreándolo, se sentó en su mesa una mujer de gran belleza. Al principio el padre no logró ubicarla, pero cuando esos preciosos ojos le miraron supo quien era y también supo que su presencia significa su fracaso, al menos en parte.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:01 pm

-No ponga esa cara de sorpresa padre- le dijo con su melodiosa voz.- de hecho, consiguió engañarme. Es usted muy hábil.
-Entonces ¿cómo me has encontrado, y cómo sabes quien soy?- preguntó aguantando la ira que le afloraba desde lo más profundo, y que amenazaba con destruir toda su fachada si no se tranquilizaba.
Ella rió y contestó:
-Me engañaste a mi, pero no a mi maestro. Y aunque seas bueno jamás estarás a su altura. Nadie jamás lo estará.
-¿Eres de la Alianza?- supo que no podía ser de allí nada más preguntarlo, al fin y al cabo había sido “su caso” lo que le había puesto a el tras la pista de que la Alianza había trabajado contra su propio padre. Otro fallo.
-No. De hecho, estoy aquí para ofrecerte trabajo.
-Ya tengo un trabajo- respondió Silas.- Varios, de hecho.
-Créeme, trabajar para mi señor tiene grandes ventajas. El te proveerá de lo necesario para que lleves a cabo tu vendetta personal. Y luego solo tendrás que seguir haciendo lo que mejor saber hacer, salvo que trabajarás para otra parte.
-¿Me dirás de una vez su nombre?
Ella se acercó lentamente, le puso los carnosos labios pintados de rojo bermellón cerca de la oreja y le susurró dos palabras.
Y el supo que todo lo que ella había dicho era verdad.
-Supongo que ya sabes dónde encontrarme si es que aceptas el trabajo.

Los siguientes diez minutos el padre los pasó en la más completa de la sorpresas. Aquella persona era uno de los personajes más poderosos y misteriosos de todo Gaïa, mucha gente le admira, pero en el fondo todos le temen, y con razón. Aquel genio había convertido un principado formado por pastores de ovejas, en uno de los centros más avanzados de todo el continente, por no hablar de su asombrosa tecnología y sus adelantos en todas las materias científicas.
Aquellas dos palabras no le dejaron pensar en otra cosa. Ni tampoco la duda que llevaban aparejada.
¿Qué querría de el Lucanor Giovanni?

Decidió no dar un paso más durante un tiempo, hasta que no se aclarara las ideas. La venganza le llamaba, pero sabía que nunca había sido bueno lanzarse al campo de batalla sin conocer todos los factores. Por ello decidió poner rumbo a Du´Lucart, la capital de Lucrecio, el principado del último descendiente legítimo de la dinastía Giovanni.

Tardó algo más de mes y medio en llegar hasta allí, fue vestido como el padre Koen Berg, pero lo abandonó cuando llegó a la capital.

Y después de mucho tiempo fue, simplemente, Silas Roth.

Du´Lucart era fascinante, tenía altos edificios de varias plantas como viviendas para sus ciudadanos, todas las vías estaban perfectamente pavimentadas e iluminadas mediante un sistema parecido, pero más refinado que el de Abel.
La plaza principal tenía un enorme mercado en donde se agrupaban cientos de personas, la mayoría de ellas iba bien vestida y se notaba que el nivel económico general de la población estaba bastante por encima que el de la media en la mayoría del resto de principados.
Se alojó en una posada llamada “La jarra de Du´Lucart”, para cuando volvió después de un paseo encontró una carta esperándole encima de su cama. En ella solo ponía:
“Kilómetro y medio al noreste, 2º molino”.
Partió hacia allí sin demora, al fin y al cabo no estaba en Lucrecio por ninguna otra razón.
A razón de un kilómetro ya había salido de la ciudad y se encontraba en el campo, a lo lejos podía ver cómo tres molinos giraban lentamente sus aspas.
Entró en el segundo y vio que ella le esperaba allí. Cuando el suelo del molino comenzó a descender lentamente por medio de algún mecanismo mecánico Silas le preguntó:
-¿Cuál es tu verdadero nombre Tanya?
-Ya no tengo algo así como, nombre verdadero, pero el que más uso, y por el que se me conoce aquí es Sassa.
Acto seguido, la mujer que se hacía llamar, Sassa le pasó un dossier con varios documentos. Silas empezó a leerlos. Algunos parecían contratos de trabajo, otros eran documentos de exención de responsabilidad para tratamientos médicos, los dos calificativos que más extendidos estaban en dichos documentos eran las palabras “agresivo” e “invasivo”.
Al parecer con el trabajo venía algún tipo de tratamiento médico todavía en fase experimental.
Sassa habló y le sacó de sus cavilaciones.
-Lo que ves es correcto. Te adiestraremos, te abriremos, te trataremos, y luego, te enseñaremos a usar tus nuevos poderes. Sufrirás más dolor del que eres capaz de imaginar, y te convertiremos en lo que necesitamos que seas. Cuando hayamos terminado contigo serás capaz de hacer cosas prodigiosas, habremos amplificado tu poder en siete veces siete y tendrás el poder necesario para poder llevar a cabo tu venganza.
Silas se quedó un rato más mirando los papeles e informes.
-¿Cuál es el precio?- preguntó
-¿El precio? Serás un doble infiltrado, espiarás tanto a la Alianza como al Imperio. Vivirás en un mar de desconfianza, jamás podrás volver a confiar de verdad en nadie.
Nos irás informando cuando te lo solicitemos e irás a donde te digamos. Y recuerda.

ÉL siempre te estará observando.

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MensajeTema: Re: El jugador   Jue Jun 11, 2009 11:02 pm

Los siguientes seis meses fueron el infierno. Le operaron, le abrieron la cabeza y le implantaron dispositivos amplificadores de la capacidad psíquica, también conocidos como cristales psi.
Cuando se recuperó empezaron los experimentos, le obligaron a mantener durante días una tonelada de peso elevada a diez metros sobre el suelo, solamente para probar cuánto tiempo podía estar así sin fatigarse. Le privaron del sueño para comprobar cómo le afectaría eso a sus poderes o para comprobar si aparecían enfermedades mentales patológicas.
Le dispararon con armas experimentales, más potentes que las que usan la tecnología de explosión de pólvora, a diferentes distancias para ver si su campo era capaz de pararlas.
Le privaron de la comida para comprobar posibles daños en la calibración de sus poderes.
Le hirieron, le hicieron sangrar, controlaron su número de glóbulos rojos así como el resto de elementos que formaban su cuerpo.
Más adelante quisieron comprobar su capacidad destructiva. Lo enfrentaron contra diversas bestias recogidas por todo el continente.
Y cuando terminaron los experimentos empezó el adiestramiento.
Le enseñaron la ciencia. Que todo objeto y persona esta compuesto por millones de átomos, y que el, tenía el poder de reestructurarlos como quisiera. Simplemente con un ligero cambio en la estructura atómica el muro más poderoso podía volverse tan frágil como el cristal.
Le adiestraron para poder usar su poder de recombinación de distintas maneras, tanto de una forma ofensiva, como defensiva o la meramente práctica.

Doce meses después, Silas ascendía, vestido como el padre Koen, por el mismo ascensor que lo había llevado a la base de Wissenchaf, salvo que esta vez no era ningún artefacto mecánico el que movía el aparato, sino su pura voluntad.

Silas sabía quién era el hombre que tenía las respuestas, así que decidió ir hacia el cuartel de Wilkend para hablar con el viejo amigo de su padre, el capitán Werner Adler.

Después de un mes de viaje el padre Koen había llegado hasta las puertas del cuartel. Anunció a los guardias de la puerta que había sido llamado para los oficios que, a partir de aquel momento, se comenzarían a dar todas las semanas. Enseñó la acreditación necesaria y acto seguido fue invitado a dejar su caballo en las caballerizas y se le dio la debida habitación en uno de los despachos del barracón de oficiales.
Allí aguardó Silas, haciendo como que oraba, quizás, orando de verdad. A la llegada de la media noche decidió entrar en acción.
Sabía perfectamente dónde se encontraba el despacho del capitán, al fin y al cabo, en los nueve meses que había pasado allí había ido varias veces.
A través de la rendija de la puerta vio luz y supo que el Capitán no podía dormir, seguramente seguiría terminando algún informe, o simplemente, emborrachándose para alejar los fantasmas de los remordimientos.
Era Silas el que decidió abrir lentamente la puerta, ya no iba vestido como sacerdote, sabía que lo que iba a hacer no gustaría a Dios. Pero era necesario.
El capitán se giró sorprendido al escuchar la puerta abrirse, y tras ella reconoció a Silas. Cierto que habían pasado muchos años, pero una parte del capitán no se había olvidado del muchacho.
No gritó, ni se esforzó en llegar a por su arma. Simplemente llenó otro vaso con licor y lo puso en la mesa ofreciéndoselo a su visitante.
-Hace mucho tiempo que espero esta visita.- dijo, en su voz se notaba el efecto de demasiado alcohol.
-Entonces ya sabes a lo que he venido.
-Si…- fue la escueta respuesta.- Estoy preparado- añadió.
-Antes quiero respuestas. ¿Porqué? Mi padre confiaba en ti. Sabes que podría obtener las respuestas de otro sitio, pero quiero obtenerlas de ti.-dijo Silas con un toque de ira incontenible en su voz.
El capitán bebió otro sorbo del vaso y tomando aire dijo:
-Tu padre fue un gran líder. Comprendía los valores de la Alianza y fue un gran soldado, sabía que había cosas que debían hacerse.
>>Por ello se ofreció para ir en aquella misión. Porque las posibilidades de que le descubrieran y le mataran eran muy altas, y no quería que otro tomara su lugar.
>>Por aquellos entonces nuestra organización, Schwarzer, estaba ampliando sus campos. Ejecutábamos a todos los enemigos de la Alianza, tanto dentro de nuestras fronteras, como fuera. Buscábamos a los traidores de la patria y los ejecutábamos. También se dirigieron varias campañas dirigidas para acabar con piezas estratégicas del ejército imperial. Desafortunadamente empezamos a llamar la atención de un grupo mayor que el nuestro.
>>Se hacen llamar Les Jaeger y sirven como fuente de inteligencia y policía interna del ejército. Como nuestro grupo, ellos también están comandados por un Árbitro, y por tanto tienen amplios recursos. Aparte de las investigaciones por parte de Les Jaeger contábamos con otro problema, debíamos acabar con las embajadas del imperio en Azur, teníamos que conseguir que la militarización de la Alianza diera un paso más, y la clave para distraer el servicio de inteligencia de Les Jaeger y acabar con la presencia imperial en la Alianza pasaban por la misma mano.
>>La idea fue de nuestro Árbitro. Con la muerte de un embajador en terreno del Imperio de Abel podría comenzar una caza de brujas contra los abelitas, además sería terreno abonado para distraer a la policía interna y así poder movernos y cambiar nuestra base de operaciones, volver a camuflarnos hasta que se calmaran las cosas, bueno, hasta que los vientos de la guerra nos fueran propicios. Por todo ello mandamos a uno de nuestros agentes, que estaba cerca cumpliendo unas misiones en Ilmora, para que se ocupara de aquello.
>>La muerte de tu padre fue triste… Pero fue necesaria.

Dicho aquello dejó el vaso, parecía haber rejuvenecido diez años ahora que por fin, la carga sobre su conciencia había sido liberada.
Hecho aquello Silas se concentró, sabía las repercusiones de lo que iba a hacer, pero estaba dispuesto a afrontarlas con tal de hacerle justicia a su padre.
Destruyó átomo a átomo el cuerpo del capitán hasta que solo quedó sangre por doquier en la habitación.

Silas sabía que un nuevo juego comenzaba. Que Schwarzer le daría caza.

No le importó.

Se trataba de dominar el juego.

Y nadie dominaba el juego como el.

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MensajeTema: Re: El jugador   Sáb Jun 13, 2009 12:07 am

Una historia apasionante y bien elaborada, interesante incluso para quienes no están demasiado familiarizados con el mundillo de Anima. Gran trabajo. Wink

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MensajeTema: Re: El jugador   Sáb Jun 13, 2009 12:10 am

Es genial tío.

Buen trabajo Wink
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MensajeTema: Re: El jugador   Sáb Jun 13, 2009 12:13 am

Vaya, ya os la habeis terminado?
Me alegro mucho de que os haya gustado, y muchas gracias por vuestros comentarios, lo cierto es que después de Procesal no hay nada mejor que pasarse por aquí y comprobar que no todo es estudio Smile

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MensajeTema: Re: El jugador   Sáb Jun 13, 2009 12:19 am

Creo que sé exactamente a qué te refieres... XD

Por cierto, tengo ganas de saber qué será de ese personaje en lo futuro...

[Y por si os lo habíais preguntado... ¡Sí, me apasionan los puntos suspensivos! XD]

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